La globalización de Mayor Zaragoza

La globalización no tiene nada de camelo, sino que es la más cruda y palpable realidad de un neocapitalismo salvaje que hoy tiene su máxima representación en el fascismo implantado en Israel y la incautación por EEUU de las riquezas petrolíferas de Irak.

Juan Jesús Ayala

Hay simulacros universitarios que se montan durante los veranos por las diferentes geografías y que aqui, en Canarias, para no ser menos que nadie, también proliferan. Pues bien: hay personas de (parece) alto relieve intelectual, tal es el caso de Federico Mayor Zaragoza, que anduvo por Adeje y, entre otras cosas, largó aquello de que "la globalización es un camelo". Y en sus manifestaciones late la contradicción, puesto que, efectivamente, hace alusión al término globalización, que no es un camelo, puesto que es la forma de capitalismo de finales del siglo XX y lo que va del XXI. La globalización es la mejor forma de ejercer la opresión y continuar acentuando las diferencias sociales empujadas por las políticas neoliberales que cuentan con la presencia, a veces no detectable, del mercado. El libre mercado pone todas las cosas en su sitio, nos dicen. No está sometido a regla alguna ni a ningún tipo de componendas. El mercado asegura la felicidad y reparte recompensas y parabienes. Pero también, y es lo trágico, acentúa las diferencias sociales. Y tal es así que se dice sin ningún tipo de reparo que 450 millonarios valen lo mismo que 500 millones de personas del tercer mundo.

Los multimillonarios carecen, en cierta manera, de importancia para que continúe el éxito del libre mercado, porque, en realidad, la riqueza del mundo no es finita, sino elástica y al menos hasta ahora está en crecimiento constante. Y la pobreza, al unísono. Entre más riqueza en manos de unos pocos, más pobreza en los estómagos del resto. Y sucede que la fortuna del multimillonario no se percibe como algo que se le ha despojado al pobre, dado que ambos grupos no habitan el mismo espacio físico. El magnate de Nueva York no tiene nada que ver con el muerto de hambre de Nigeria. Por eso, los 500 millones de personas nunca van a conocer a los 450 millonarios y ni por asomo, a reclamarles sus bienes. Y ahí aparece otra contradicción en cuanto a los valores y principios éticos en un mundo globalizado, capitalizado. Los políticos occidentales siempre invocan los valores familiares como si éstos pudieran, de alguna manera, mantener unidas las sociedades que sufren cada día una tensión mayor. Pero sucede, y ahora no está tan en latencia, que la lucha de clases en este mundo globalizado y fantasmagórico que se quiere desdibujar y desconceptualizar pueda irrumpir de nuevo, con toda la crudeza de antes o más.

El mundo tendrá que caminar en la cuerda floja entre la necesaria conservación de la libertad de mercado, con la acentuación del capitalismo en su nueva formula globalizante y la prevención de sus efectos secundarios sociales que esta globalización ni podrá evitar y menos controlar. Y otra de las contradicciones de la globalización que pueden dar al traste con la misma es la delincuencia, que a gran escala puede socavar los cimientos de la actividad económica legítima. Ya hay regiones en el mundo que actúan fuera de la jurisdicción de cualquier estado. Las autoridades desconocen la ubicación de aeropuertos privados y de laboratorios de cocaína, lo que hace que se piense que las economías paralelas basadas en el narcotráfico, en el contrabando de armas y el blanqueo de dinero pueden subvertir el orden establecido. Al mandar mucho más los ilegales, sucederá que los desheredados puedan nutrir este ejército de capitalismo gansteril y se forme en el mejor de los mundos una lucha sin cuartel, en la que se haga imposible vivir como no sea con un guardaespaldas al lado.

Y el futuro, como dice el ex director General de la Unesco, será el que nosotros inventemos con nuestra ciencia y descubrimientos tecnológicos. Pero no lo creo. No olvidemos que el futuro de muchos países no ha pasado por la mejor preparación. Muchos muros se han caído, muchos telones, siendo de acero, se han roto; reyes se han destronado y presidentes han sido desplazados porque han existido pueblos furiosos y cansados de ser los eternos perdedores. El libre mercado parece necesario, pero no suficiente. Por lo tanto, la globalización no tiene nada de camelo, sino que es la más cruda y palpable realidad de un neocapitalismo salvaje que hoy tiene su máxima representación en el fascismo implantado en Israel y la incautación por EEUU de las riquezas petrolíferas de Irak.