La Opinión a Coruña digital

INVENTARIO DE PERPLEJIDADES

La guerra de Gila

José Manuel Ponte.

Todo este lío sobre la ocupación temporal del peñasco de Perejil por un destacamento marroquí y el posterior desembarco de una fuerza militar española para reconquistarlo no es más que una telenovela por entregas de la que ya hemos conocido varios episodios. Como ustedes recordarán, el enredo comenzó hace bastantes meses con la retirada del embajador de Marruecos, que tanto el gobierno como los medios adictos calificaron de "sorprendente e inexplicable". Después, siguió con aquella escandalera que organizaron don Pío Cabanillas y sus mariachis sobre la visita privada de don Felipe González a Tánger, que fue calificada poco menos que de alta traición. Y, por último, hemos asistido a esta especie de "guerra de Gila", que ha concluido con el asalto nocturno al peñasco por las fuerzas armadas españolas, sin que, afortunadamente, como se dice al término de los encierros de San Fermín, haya que lamentar víctimas. Así pues, el honor de España está a salvo y el Gobierno del señor Aznar, que se las pinta solo para tocar las fibras más sensibles del patrioterismo, ha encargado a la Legión la custodia del peñasco y de las pocas cabras que allí habitan. Es una medida sabia porque ninguno de los soldados de nuestro ejército entiende tanto de mamíferos rumiantes como los legionarios, que suelen desfilar con un carnero al frente. Nadie duda que en esta elección habrá tenido no poco que ver la mano hábil del ministro de Defensa, don Federico Trillo, que, aunque es militar del cuerpo jurídico, pasa revista a las tropas con el pecho más henchido que si fuera un oficial de Infantería. Pero, al margen de todas estas arrogancias y gestos para la galería, habría que preguntarse cuál es el fondo auténtico de esta crisis de relaciones, que no es otro que la vieja cuestión del Sáhara. Como ya es sabido, mientras agonizaba Franco, el Gobierno de Estados Unidos animó a Hassan II a organizar la llamada "marcha verde" para ocupar pacíficamente lo que entonces era una provincia española. Ni el jefe de Estado interino, que era don Juan Carlos de Borbón, ni el Gobierno de Arias Navarro, fueron capaces de ordenar al ejército que defendiera el territorio y sus inmensas riquezas pesqueras, minerales y petrolíferas con el mismo arrojo que ahora defendemos Perejil. Quedó pendiente, desde aquella época, la celebración de un referéndum sobre la autodeterminación que está avalado por la ONU. Pero la suerte ya está echada. Estados Unidos y Francia, que son los máximos beneficiarios de las concesiones que ilegalmente ha otorgado el Gobierno marroquí, están a favor de que el Sáhara sea un provincia autónoma dentro de Marruecos. Por su parte, España, está obligada a fingir que defiende la legalidad internacional y su soberanía como Estado, además de no ofender demasiado a Argelia, que apoya al Polisario y nos suministra el gas. La reconquista de Perejil es un engañabobos.