La isla experimental
María de Lourdes Santiago*
A raíz del anuncio de la Gobernadora sobre el cese de las prácticas navales en Vieques, se comentaba en un periódico que presentar ahora una petición para la limpieza y devolución de los terrenos sería un desatino, pues podrían erosionarse aún más las "maltrechas relaciones" entre Puerto Rico y Estados Unidos, tan heridas por el reclamo de paz para Vieques. Me parece a mí que eso es como decir que la lucha por los derechos humanos de los negros en Estados Unidos ha sido una verdadera imprudencia, que sólo ha lastimado las maltrechas relaciones entre blancos y negros, tan vapuleadas por la abolición de la esclavitud.
Hay gente a la que se le olvida -o a la que ni le incomoda- que tan importante para Estados Unidos como su dominio sobre un territorio estratégicamente ubicado a la entrada del Caribe, ha sido la posibilidad de valerse de esa relación de subordinación para utilizar nuestro país como un gran laboratorio en donde pudieran a sus anchas experimentar con lo que se les antojara. Y como, según decía Albizu, al americano lo que le interesa es la jaula y no los pájaros, qué mejor oportunidad de deshacerse de algunos de esos pichones nativos que usándolos como conejillos de indias. Durante ciento cuatro años, lo que cualquier persona sensata puede identificar como una brutal falta ética y moral, para los americanos no ha sido más que otro de los beneficios añadidos al asumir lo que el poeta Kipling llamó "la carga del hombre blanco": la misión de conquistar, imponer y destruir.
En Vieques, esa vocación norteamericana de experimentación en casa ajena los llevó a utilizar napalm, mucho después de que el uso de esa sustancia fuera prohibido en territorio americano, a disparar con balas de uranio reducido, a hundir el USS Killen en aguas viequenses en circunstancias que apuntan a la presencia de material radiactivo y al interés de las Fuerzas Armadas de estudiar el efecto de éste sobre la vida marina, a depositar todo tipo de metales pesados en el suelo y en el agua, a probar agentes químicos y biológicos como el TOF -reconocido como cancerígeno- en áreas cercanas a la población civil, a rociar el ya familiar "shaft" para engañar a los sistemas de radar durante las maniobras aéreas y hasta a arrojar miles de larvas del gusano barrenador sobre el ganado viequense para probar la eficacia de un plan de erradicación de esa plaga.
Este listado del terror sólo puede incluir los datos que conocemos y que a la fuerza la Marina ha tenido que admitir. Mucha de esta información se obtuvo cuando científicos puertorriqueños tuvieron acceso por primera vez a la zona restringida durante el año que estuvieron los campamentos de desobediencia civil. Otros, como el uso de armas químicas, han salido a relucir tras las reclamaciones de veteranos con dolencias relacionadas a su exposición a estas pruebas. Por eso, abogar por que no se limpien los terrenos no es sólo trabajar para ahorrarle el gasto a la Marina, es contribuir al encubrimiento de las actividades que en perjuicio de nuestro suelo y nuestra gente realizaron allí, y que a través de un proceso de limpieza estarían obligados a revelar.
De la misma manera que el bombardeo a Vieques ha sido el símbolo más claro de la dominación de los Estados Unidos, las experimentaciones dentro y fuera de la zona de tiro son sólo el eslabón más reluciente en la cadena de abusos a los que se ha sometido a los puertorriqueños para saciar la curiosidad científica del norteamericano. El agente naranja, al que se le adjudican serios problemas de salud de los soldados expuestos a él (entre ellos diabetes, padecimiento que según un estudio reciente tiene una tasa de casos alarmante en Puerto Rico) fue generosamente distribuido de forma experimental en El Yunque, Guajataca y probablemente en Toro Negro. El caso de Guajataca es especialmente preocupante, pues las aguas del embalse se usan tanto para el riego agrícola como para consumo humano. En El Yunque se experimentó además con los efectos de la radiación sobre la vegetación.
Durante la década del cincuenta, el desprecio del gobierno norteamericano hacia nuestra gente se materializó en la campaña de esterilización masiva, en la que, según algunas cifras, casi una tercera parte de las puertorriqueñas en edad reproductiva fue esterilizada sin su consentimiento. Es el tipo de procedimiento que habría llenado de orgullo al Dr. Cornelius Rhoads, que ya en el 1930 inyectaba células cancerosas a puertorriqueños, lo que además de una oportunidad para la ganancia intelectual, le parecía una medida adecuada para acabar con "la gente más sucia, más vaga, más degenerada y más ratera que haya habitado el planeta". Debutaron también en la Isla del Encanto, para los años sesenta, las píldoras anticonceptivas, repartidas casi a mansalva con el doble propósito de conjugar experimentación y exterminio. Si esto no es racismo descarado, si no es la versión tropical de los laboratorios hitlerianos, que venga Dios y lo vea.
Así que de ese material está hecha nuestra estupenda relación con los Estados Unidos, que casi se va al piso por la impertinencia, por el capricho, de querer acabar el bombardeo en Vieques. Cada uno de estos episodios define las cláusulas más oscuras de nuestro "pacto" con los "socios" del Norte. Campo idóneo de tiro; campo insuperable para experimentación: no hay duda de que para el gobierno norteamericano, Puerto Rico es de verdad "lo mejor de dos mundos".
Ahora, en este espacio que para los Estados Unidos no ha sido más que una isla experimental, nos ha tocado a nosotros ensayar una nueva fórmula: la de la dignidad y la exigencia. Mal le ha salido al americano el experimento, que sólo ha llevado al descubrimiento -por ellos y por nosotros mismos- de una nacionalidad a toda prueba
*Vicepresidenta Partido Independentista Puertorriqueño
29 de octubre de 2002