Tercera guerra

Juan-Manuel García Ramos

He regresado a una página de las memorias del profesor y crítico literario de excepción, el palestino-estadounidense Edward W.Said, fallecido el pasado año víctima de una leucemia que él mismo no quiso combatir con los métodos convencionales de la medicina de nuestros días.

En esa página, este palestino de fe cristiana, nacido en el oeste de Jerusalén, nos relata su infancia en la ciudad santa y cómo, en torno a 1948, ve desaparecer poco a poco a sus antiguos pobladores, compatriotas suyos, y comienza a descubrir a sus sustitutos: «Todavía me cuesta asumir el hecho de que los barrios de la ciudad donde nací, viví y que sentía como mi hogar fueran invadidos por inmigrantes polacos, alemanes y estadounidenses que conquistaron la ciudad y la convirtieron en símbolo por antonomasia de su soberanía, sin lugar para la comunidad palestina, que quedó confinada en la parte oriental de la ciudad, que yo apenas conocía. Hoy en día Jerusalén Occidental se ha vuelto completamente judía y sus antiguos habitantes fueron expulsados para siempre a mediados de 1948».

Es un testimonio personal de un ser pacífico y culto que nos da la clave de los muchos conflictos que se han generado a partir de esa ocupación sorda de Palestina por parte de judíos de todo el mundo.

Desde 1948 hasta aquí, Oriente Próximo es un volcán en permanente erupción que ha inspirado enrevesadas teorías sobre guerras de civilizaciones futuras en las cátedras más prestigiosas de la Universidad de Harvard. No es para menos, porque el contencioso judeo-palestino no cesa y sus repercusiones en esa zona del mundo son cada vez más catastróficas.

La última ejecución del líder de la formación radical Hamás, el jeque Ahmed Yassin, llevada a cabo por los misiles lanzados desde los helicópteros Apache del ejército de Ariel Sharon, ha elevado la temperatura entre las partes contendientes, y las palabras del sucesor de Yassin, Abdelaziz Rantisi («América ha declarado la guerra a Dios, Sharon ha anunciado la guerra contra Dios, y Dios ha declarado la guerra a América, Bush y Sharon») son una declaración de beligerancia total de alcance imprevible y de trascendencia geográfica desconocida.

Todo se ha ido complicando en esa región del Medio Oriente asiático desde que Gran Bretaña decidiera, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial y acaso motivada por el vergonzoso holocausto, dividir el antiguo territorio palestino entre jordanos e israelíes, desplazando de su solar nativo a los antiguos propietarios. Un tira y afloja que desembocó en la Guerra de los Seis Días y en el arrinconamiento de Egipto, Siria, Irak y Jordania por parte del ejército sorprendente de los judíos comandado por el mítico Moshe Dayan.

Desde ese entonces Israel se ha negado a entregar, de verdad, a los palestinos, las franjas de Gaza y Cisjordania, aunque cuando los primeros ministros laboristas Isaac Rabin y Simon Peres estuvieron a punto de ceder ante las pretensiones de sus adversarios, todo el mundo sabe que fue Yaser Arafat el que marró la operación y precipitó la llegada al poder del partido conservador de Sharon y la implantación de la línea dura de sus sucesivos gobiernos.

La dialéctica de la historia parece entronizar de modo infernal en los escenarios palestinos e israelíes las figuras complementarias de Arafat y Sharon.

De Sharon quizá no haya que trazar ningún perfil para conocer su carácter, pero, según el mismo Edward W. Said, Arafat no se queda a la zaga en su indecencia política y moral.

Estamos en un callejón sin salida que tiene al planeta en vilo y que poco a poco impregna al mundo árabe de un rencor contra Estados Unidos, en primer lugar, y contra el mundo occidental, en segundo término, que ha empezado a manifestarse en las calles madrileñas y tunecinas y que ha llegado hasta las playas de Kuta en Bali.

El islamismo radical se nutre de las humillaciones sufridas por los palestinos ante los israelíes y las hace suyas para fortalecer una lucha errática y nauseabunda. Sin los argumentos de la causa palestina, ese fundamentalismo islámico quedaría en cierta forma desarmado ante buena parte de los países árabes, que ven en el Israel de Sharon un símbolo detestable del poder económico, militar y político de Estados Unidos.

Y si a esa vinculación entre israelíes y norteamericanos se añaden las pretensiones de los últimos por controlar el petróleo de Oriente Próximo, donde se encuentra el 29% del crudo mundial, con reservas previsibles para los próximos noventa y dos años, ya tenemos sobre la mesa las fichas del damero que desencadenan al día de hoy la mayoría de los recelos entre el islamismo en general, no sólo el del ala más intransigente, y el eje occidental que representa la América hegemónica y sus aliados.

Si algún día consiguiéramos para Palestina un estado binacional, mixto, basado en la igualdad y en la coexistencia democrática, donde árabes y judíos pudieran vivir juntos de modo satisfactorio para ambas partes, y si algún otro día consiguiéramos nuevas fuentes de energía alternativas al petróleo, tal vez las cosas le fueran al mundo de este tercer milenio de nuestra era de modo diferente.

De no ser así, no es que estemos en las vísperas de un enfrentamiento de civilizaciones, es que nos adentramos sin remedio en la Tercera Guerra Mundial, aunque algunos de los países dispuestos a protagonizar ese nuevo disparate sólo cuenten con ejércitos martirológicos sin rostro.

El terrorismo de nuestros días no es sino el comienzo de una gran conflagración desde el lado árabe. La presencia de Naciones Unidas en Afganistán, tras los sucesos de 11 de septiembre de 2001, y de los americanos y sus amigos más íntimos en Irak, es la respuesta desde el lado occidental.

Si entre todos no desactivan el conflicto palestino-israelí y si entre todos no aceptan un reparto equitativo de las fuentes de energía hoy aprovechables, el enfrentamiento planetario está servido y no habrá un país de la Tierra capaz de alcanzar la neutralidad por muy listo que se crea.

Del lado de acá, del lado occidental, debemos saber que de acuerdo con la Ley Santa islámica existen cuatro clases legítimas de guerra. La guerra contra los infieles, contra los no musulmanes, y contra los herejes, contra los musulmanes que han abandonado el Islam, son consideradas además guerras santas. Para Bin Laden y su gente los infieles somos todos los no musulmanes, tengamos nacionalidad española, balinesa, tunecina o estadounidense.

La legislación de la guerra de Al Qaeda no hace distinciones entre la posible malignidad de los gobiernos de las democracias occidentales y entre sus ciudadanos convertidos en blanco de todo tipo de ataques criminales. Como muchas veces nosotros tampoco sabemos distinguir a un árabe de un musulmán.

Todas las guerras mundiales surgieron siempre por pequeños problemas semánticos.