Los incopetentes
Juan Jesús Ayala
No pretendo apoyarme en viejas lecturas para reflejar en este artículo todas aquellas incapacidades que los sagaces de la sociología y de la filosofía han puesto en el hilo temblón de la reflexión o de la denuncia para dar con los incompetentes. Y menos aún que amparado en sus juicios y críticas.
Eleve el tono hacia un pragmatismo científico en que se instaure un nuevo paradigma que haga tambalear al anterior. Nada de eso. Además con ello haría un flaco favor a los que han meditado con mejor acierto sobre la incompetencia. Pero cuando lo han hecho, bien es verdad que se han referido a la incompetencia como discapacidad universal, y no partiendo del primer escalón sino pasando por encima de muchas obviedades fijando su reflexión lógica en unos horizontes lejanos a los que es muy difícil llegar.
La incompetencia cercana, la que convive con nosotros está viva y palpita porque existen unos personajes que le dan calor y que no son otros que los incompetentes. żY tantos existen? żEs posible cuando todo marcha tan bien? żAcaso no estaremos equivocados los que pensamos que la abundancia es atosigante y ya rayana en la más pura antipatía, por lo escandaloso?
Y es que de la noche a la mañana el experto nace, se le pone al lado del que manda y gobierna para que guarde las esencias de la política y de la gestión y luego las desarrolle, lo que nos hace pensar que de ninguna manera el que nada sabe de nada sepa en un santiamén más que todo el mundo de todo. Y si eso ocurre estaremos protegidos por un incompetente. Y si esta es la protección que tenemos, apaga y vamos.
Y no digamos nada el que confunde su verborrea de feriante y su gesticulación de pulpiteo con las argumentaciones que van camino de la eficacia y que lo único que hacen es poner en evidencia sus fracasos a otros niveles que intenta disimular con la fuerza de las palabras y con el uso incontrolado del mando o del gobierno.
O del que instalado en la cima porque el viento favorable hacia ahí lo ha llevado, desde arriba nos mira como míseros humanos que sin su sabiduría seríamos incapaces hasta de respirar por sí mismos.
La incompetencia íntimamente protegida por sus defensores o sea por los incompetentes es cada día que pasa un valor en alza para los que así se esconden en la coraza de su falsa actividad creadora y eficaz. Y es de agradecer que su radio de acción se quede circunscrito a su entorno que es de donde salen los incompetentes ya que con ello se preservan a los que no disfrutan del embebimiento de la desidia personal y del falso relumbrón que da la cortedad de miras.
Ya no sabe uno si es bueno que la incompetencia ampare nuestro destino porque quizás de esa eclosión desfavorable pueda surgir lo raro, lo que no está previsto y sea la que genere por la vía del absurdo unas capacidades diferentes
que hagan presentir que no todo era memez y pasotismo disfrazado de grandielocuencia sino que en el fondo queda algo todavía para la recuperación no tanto de la dignidad humana como de la única razón que debe existir para darse uno cuenta que al menos se sigue vivo.
Porque la mirada que a veces se clava en lo incierto deja tras de sí una estela de flujo esperanzador que podrá fagocitar a la falsa esplendez de una bobaliconería, como diría el cursi, estólida. Y desde ahí, a lo mejor, se podrá hablar de otra cosa. A partir de ahí quizás se dejarán atrás estigmas, poses, y los falsos profetas que tanto abundan y que han salido de la nada o porque han tenido un padrino tan incapaz como ellos se queden alejados. Y es que de tan carcomida raíz es imposible que broten ramas robustas. Algún huracán tendrá que venir para tras el azote y el derribo de lo que malamente hoy se sostiene irrumpa otro cuerpo, otra lógica, otra política, otra forma de entender las relaciones sociales; en definitiva que tras la caída de la incompetencia fortalecida por los incompetentes tendrá que llegar lo nuevo y distinto que será mejor y más eficaz. Seguro además, y aquí sí me atrevo a citar a Cioran, "un pueblo se extingue cuando deja de reaccionar ante las charangas". A lo que no debemos dar lugar.