Lucha canaria
Lucha caballeresca que no muere
Ateniéndonos a las conjeturas más probables sobre el origen de la raza canaria, ella fue de hombres fuertes, vigorosos, bien formados, nobles, valientes y aguerridos, de color algo moreno y ojos azules y rubios cabellos. Vestían túnicas o 'tamarcos' de finas pieles de cabritos o tejidos de junco y palma y cultivaban la tierra y se ejercitaban en la caza y la pesca. Sus juegos eran la lucha, el salto en lanzas y el baile.
La conquista hizo desaparecer, menos mal que no del todo, sus usos y costumbres, pero no obstante se conservó uno de los clásicos juegos especiales y característicos: la lucha, mantenida esplendorosa en todo el Archipiélago, como un deporte tradicional y auténticamente propio, que la procesión del tiempo ha ido convirtiéndolo en huella atávica de un pretérito secular; en el que se miran los saltos en lanzas y otros afines, más los cantos y el baile con gracia suma.
Personalidades como Wenceslao Fernández-Flórez, Alfredo Marqueríe, Mr. Walter Starkie y García Sanchíz, por ejemplo, dejaron tributados especiales elogios a ese nuestro deporte de 'pegar' los hombres sobre arena. Pero esta vez hemos extraído otra de gran valor correspondiente a la recién fallecida Josita Hernán, mujer exquisita y flor en las pantallas cinematográficas y los escenarios teatrales. Hace casi medio siglo, le escuchamos decir:
"Sólo en estas maravillosas islas -aún no contaminadas por el materialismo del resto del mundo es posible el milagro de una lucha tan caballeresca y noble, que ya quisieran para sí los pueblos que padecen esta paz de encono y odios".
"Pero es que aparte de estas espléndidas cualidades éticas, la lucha canaria en sí es todo un curso de belleza y estética".
"Yo, que ya me siento canaria de vocación, proclamo muy alto mi entusiasmo por este deporte, digno de los más exquisitos señores en el más digno de los torneos".
Ante tamaña sinceridad perfectamente comprendida, porque sabíamos cierto su apego a la tierra canaria, le manifestamos que seguirían pasando los años, los siglos, y nuevas generaciones pisarían los sitios isleños. Pero que la clásica lucha no moriría nunca, pues permanece arraigada a nuestro ser, en nuestra alma; es la tradición de la raza, que para desaparecer es necesario que se rompan también nuestros montes, en cuyo vigoroso amarre se han forjado las características del pueblo canario, en el que siempre ha predominado la ligereza, la flexibilidad y la destreza que aportan y nos dan igualmente rango en otros deportes y en todas las cosas de la vida.
Ya Fernández-Flórez había hecho saber a sus lectores que desconocían la lucha canaria que, al comenzar, encorvados ambos contendientes, aferran una de sus manos al calzón del adversario, tocan tierra con la otra mano, simultáneamente, y comienza el forcejeo para derribar y evitar ser derribado.
"El contacto con el suelo, por caída o con una rodilla o simplemente con los dedos, implica la derrota. No hay golpes, no hay "llaves" que ocasionen dolor; la brutalidad, en cualquiera de sus maneras, está ausente. Fuerza, pericia y una corrección insólita, que es la nota que más sorprende a un profano. Vencido y vencedor, se abrazan después de la prueba, que se duplica para el desquite y aún se realiza otra vez más si existe empate. Ni hay la astucia cruel del jiu-jitsu ni la contundencia del boxeo, ni mucho menos nada que recuerde esa saña repugnante de la lucha libre. Cada encuentro parece el de dos hombres fuertes y bien educados que miden su poder sin rencor y sin furia y que lamentan causar daño a su rival."
Martín Moreno (La Provincia, 16-1-00)