Las manos del orador
Juan Jesús Ayala
T
iempos aquellos de lndalecio Prieto, Manuel Azaña, Tierno Galván o Santiago Carrillo, entre otros, que pusieron en el espacio de las tribunas de las Cortes todo lo que encierra en si el concepto de parlamentario. Maestros de la oratoria y de la gesticulación acertada que alegaban desde la mayor profundidad y desde las argumentaciones más enrevesadas, sin papeles ni apoyaturas facilonas. Sus mensajes eran directos, enfáticos y funcionaban como verdaderos dardos que se incrustaban con fluidez en las conciencias de los que les oían.Tiempos aquellos perdidos en la memoria histórica y que sirven al menos, al recordarlos, de consuelo ante la pobreza dialéctica de los parlamentarios de ahora; tanto los nacionales como autonómicos que salvo muy raritas excepciones son torpes en las palabras, mezquinos en la prosopopeya y lentos en los reflejos que apenas si existen porque los papeles no los abandonan y su lectura, a veces, se hace hasta atropellada y desde la dislexia más relevante que da lástima el presenciar como algunos carecen de vergüenza ajena y no les importa hacer el ridículo más patético.
La oratoria no deja de ser un arte y no cabe duda que algunos nacen con la facilidad para practicarla y con los años hasta llegan a perfeccionarla; pero cuando se lleva tiempo en esas lides, de tribuna en tribuna, de reunión en reunión y les llega el día de definir sus dotes como orador y esta es roma, escasa y persistentemente molesta, da la sensación que lo del parlamento es un mal sainete y de parlamentar nada de nada. Todo menos eso. Las manos deben, en la tribuna, moverse con soltura como si fueran arabescos en el aire para encerrar y reafirman las propuestas y que envuelvan las palabras para que estas salgan con la debida fuerza y contundencia. Las manos vienen a ser la ayuda para que los argumentos se expongan con mayor clarividencia y para dar la sensación que se está de acuerdo con uno mismo y con lo que se dice o se intenta decir. Cuando las manos no existen, se paralizan o se ausentan saliendo y entrando a una velocidad de vértigo en los bolsillos del pantalón con ello lo que se pone en evidencia es que lo que se posee no es otra cosa que pura incapacidad parlamentaria presa de un nerviosismo exacerbado.
Las manos se encargan de una manera sibilina de ordenar los pensamientos. Y si van a la búsqueda de los bolsillos como escondite más próximo, la imagen que se da es pobre y, además, es un sufrimiento no ya para el que mal habla o lee, y no gesticula sino para el que tiene que pasar por el suplicio de oírlo.