RAÍCES DE PALMERA
MARRAKECH
Félix Martín Arencibia
El sol se posa lentamente sobre la ciudad roja: sobre sus viejas murallas, sobre sus palmerales aún con las manos húmedas de la noche que ha dormido con una erótica luna estilizada. También el astro rey coloca sus dedos sobre la antigua medina, zocos, mezquitas, tumbas reales, los olivares, estanques... Lo vigila todo desde el Alto Atlas corazón de la cultura Tamasigh (bereber) y de todo Marruecos.
Sueña despierto con los ojos cerrados el profesor Medina, recostado en el viejo sillón donde suele dar sus cabezadas en la hora después del almuerzo. Por ahora ajeno al islote Perejil y los conflictos entre España y Marruecos. Había viajado a Marruecos junto a su amiga Esperanza. Su reciente viaje revoloteaba todavía en su cabeza. Su llegada a Casablanca haciendo escala en El Aaiún. Pérdida del avión a Marraquech. Dificultad del idioma. Cuatro horas en taxi. Llegada a las cinco de la madrugada, momento en que el sol ya se alza sobre el lejano Atlas y despierta a la durmiente ciudad imperial.
Estaba en Marrakech, la ciudad roja como la tierra. Fundada en el 1062, fue capital de los imasighen (bereberes) almorávides y los almohades. Estos pueblos en su momento llegaron a aglutinar bajo su dominio y cultura gran parte de África y España. Conviven en Marrakech lo auténtico, lo peculiar de sus costumbres con las formas de vida occidental. Es una mezcla explosiva. En la medina (ciudad antigua amurallada) está lo verdaderamente distintivo. Calles estrechas, tenderetes, un taller al lado del otro, bicicletas, carros, burros. La sensación de ser atropellado atrapa a Medina y su compañera por momentos.
Sus artesanos son auténticos artistas de todo tipo de artesanía: las verdaderas obras de arte alfombras bereberes, las joyas de plata, la alfarería, los bordados, el trabajo del cuero... Los olores son de los más variados y van creando un mestura que por momentos les embriaga mareándoles. Un gozo para los sentidos junto a los puestos de frutos secos, sandías, hierbas medicinales, dulces... Todo llega a su cenit en la plaza de Jemaa el Fna: músicos, bailarines, curanderos, escritores públicos, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, vendedores de zumos de naranja, tatuadoras con henna...
Y la gente con sus atuendos tradicionales formando un arco iris de colores. Amables, alegres, regateadores, pícaros. Algunas pocas mujeres pasan con sus velos. La pobreza asoma a veces su cabeza tras los mendigos sentados en el suelo.
Paseos al atardecer entre El Palmeral de Marrakech. Allí miles de siluetas de palmeras dibujan sus verdes sobre un fondo de tapiz rojo. Caminatas entre olivares y estanques cuando el sol se cuelga en lo más alto. Noches paseando fuera de la muralla, en la parte moderna de anchas avenidas con hermosos jardines, donde muchos nativos pasean y cogen el fresco vestidos a la europea o sus ropas autóctonas. Es zona de bancos, residencias modernas, parabólicas, hoteles, cafeterías a la occidental. El contraste de mundos se manifiesta con toda su nitidez.
Visita al Valle de Ourica. El sabor de lo rural, el mercado, la artesanía. Los pueblos fantasmas de ensueño del color de la tierra, los molinos de agua arcaicos, el río, los álamos. Las mujeres lavando sobre la propia corriente. Los cultivos de millo, papas... Las montañas, lo bereber más genuino. Se habla de un sesenta por ciento de habitantes de esta cultura en todo el país, aunque en algunos lugares fusionada con la árabe.
Atrás se queda la medina, El Palmeral, los jardines, las murallas, la ciudad moderna... Mientras, el rey sol, sonríe a la Ciudad Roja. Medina y Esperanza echan una última mirada, poco a poco se alejan hacia el Medio Atlas.
El docente abre los ojos y regresa a la realidad con nostalgia.