La Razón
(22/06/04, 07.49 horas)Cuando la selección de Portugal eliminó a nuestros millonarios petardos de la Eurocopa
España ha perdido porque no podía hacer otra cosa
Por Alfonso Ussía
«O fado é o fado. Nao se define. Sente-sé» Así definía el junco enlutado, Amalia Rodrígues, al fado, la expresión popular cantada de Portugal. Los fados, en general, son bellísimos. Melancólicos, nostálgicos, estremecedores. Cuando el portugués busca la alegría, canta otras cosas. Y hay portugueses que son como los fados, solemnes y añorantes. Se decía que el presidente Antonio Ramalho Eanes era más triste que un pinar cuando anochece.
Una noche, en un local del barrio de Alfama, Don Juan echó una cabezadita mientras oíamos fados un grupo de amigos, entre los que no estaba Anson. A Don Juan le gustaba «El sitio de Zaragoza», pero nadie se lo interpretaba en Portugal. Para mí, que el fado, cuyo origen se disputan Lisboa y Coimbra, tiene mucho del alma de Portugal. Armonía, cadencia, gusto, y tristeza bien educada, que es la mejor de las tristezas. Y «saudade», claro, eso que en España se traduce por nostalgia cuando en realidad es algo más que la nostalgia en sí. La «saudade» es la hermana mayor de nuestra morriña gallega. Pero no es exportable.
Un japonés puede interpretar con donaire una seguidilla o un fandango. Para cantar un fado, hay que ser portugués. Sólo en situaciones extremas, la expresión del fado pueden manifestarla los españoles. Por ejemplo, el pasado domingo, cuando la selección de Portugal eliminó a nuestros millonarios petardos de la Eurocopa. Los portugueses bailaban por sevillanas y los españoles interpretaron un silencioso fado de decepción y angustia en los graderíos del estadio lisboeta.
Creo que es Manuel Do Carmo el que canta un precioso fado que se titula «Fado da despedida». En su letra hay tristeza y esperanza. «Porque muera una anduriña, no acaba la primavera», dice entre otras cosas. Algo parecido habría que explicarles a esas decenas de miles de aficionados españoles que viajaron a Portugal a sufrir y terminar con expresión de fado.
«Porque eliminen a España, no acaba la primavera». Aprovechen y conozcan mejor Portugal, esa gran nación a la que tantas veces hemos ofrecido la espalda. Los portugueses tienen un sentido de la unión y el patriotismo que ya quisiéramos muchos que enraizara por estos pagos. Y son tranquilos, corteses, cultos y profundamente educados. Aprovechen nuestros desencuadernados hinchas y visiten Sintra, Estoril, y Cascaes. Una buena parte de la reciente Historia de España vuela por ahí.
Siéntense en la plaza que se abre a la agonía del Tajo y el Atlántico inmenso, la Plaza del Comercio, y disfruten de la belleza del sitio, plaza principal de Lisboa, Capital natural de una nación conjunta que no supimos mantener. Desplácense al interior de Portugal, suban hacia Oporto, o desciendan hasta los Algarves. Los más religiosos visiten Fátima, y no reprendan a la Virgen por la derrota de España. España ha perdido porque no podía hacer otra cosa. Y cuando vuelvan, tráiganse algo de esa melancolía señera del fado, de esa seriedad de nación unida, de ese patriotismo envidiable.