Mirada al Este

Por JUAN-MANUEL GARCÍA RAMOS

Esta semana hemos sabido del viaje del alcalde de Las Palmas de Gran Canaria a Marruecos y se anuncia la próxima visita del presidente del Gobierno de Canarias al mismo país vecino.

Si las relaciones diplomáticas entre nuestra Comunidad y el reino alauí fueran las deseables entre dos naciones de este siglo XXI tan intercomunicado, esas iniciativas de nuestros gobernantes no serían nada extrañas ni inconvenientes, otra cosa es lo que sucede entre estas islas atlánticas y esa franja del Magreb, con sus fronteras aún por delimitar y con una gestión del Consejo de Seguridad de la ONU que no termina de culminar sus objetivos de pacificación definitiva de la zona a pesar de las tantas y tan distintas propuestas formuladas a las partes en desacuerdo.

Desde que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya emitiera su dictamen, el 16 de octubre de 1975, sobre la no existencia de vínculo de soberanía territorial entre el Sahara Occidental y el Reino de Marruecos o la entidad mauritana... de tal naturaleza que pudiera afectar a la aplicación de la resolución número 1514 de la Asamblea General sobre descolonización del Sahara Occidental y al proceso de autodeterminación sugerido para la zona, desde ese mes de 1975, las diplomacias de países como Marruecos, España, Argelia, Estados Unidos, Rusia y otros no han hecho sino embrollarlo todo, y las idas y venidas de representantes de la ONU y de opciones para una posible salida de una crisis en ese espacio africano han ido en aumento progresivo y no precisamente clarificador.

El origen de todo este desencuentro diplomático internacional se sitúa en la chapucera descolonización del Sahara llevada a cabo por España cuando estaba a punto de cambiar su piel dictatorial por su nueva estructura democrática, proceso histórico muy bien aprovechado por Hassan II para quedarse con los territorios del sur que tanto ansió siempre.

Hemos llegado a las vísperas de la primavera de este 2003 con un pueblo saharaui en su exilio de Tinduf, en condiciones humanitarias muy deficientes y con la esperanza casi perdida de recuperar sus viejos asentamientos de Río de Oro y de Sequía el Hamra, después de tanta intermediación de organismos cosmopolitas con un grado de eficacia que deja bastante que desear.

¿Qué futuro les espera a los saharauis? ¿Qué nuevas fórmulas activarán los países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, tan imbuidos de la cuestión iraquí en estos meses, para adecuar el mapa político de esa región magrebí al dictamen del Alto Tribunal de La Haya? ¿Hasta dónde estará dispuesto a colaborar Mohamed VI para encontrar una solución al conflicto que no hipoteque sus ínfulas anexionistas últimas y conceda a sus vecinos saharauis un grado de satisfacción autodeterminista?

¿Quién lo sabe?

Y, mientras, ¿qué ha sido de los intereses canarios en esa zona?

Yo lo definiría con la repetición de una palabra: retroceso, retroceso, retroceso.

La indiferencia de las autoridades internacionales y de la misma España a la hora de enfrentar el problema del Sahara Occidental ha tenido lamentables consecuencias para la economía de nuestras islas y para la misma mentalidad geopolítica de nuestros gobernantes, hoy divididos entre promarroquíes y prosaharauis, en un ejercicio de acrobacia diplomática simplista y nada prometedor para restablecer un equilibrio de relaciones entre los habitantes del África cercana tan necesario para nuestra proyección futura en ese continente.

Desde Canarias, no hay que llevarse mal con nadie, hay que abogar porque las Naciones Unidas hallen el principio de acuerdo entre las partes en litigio, Marruecos y el Polisario, porque Mauritania se ha desentendido del pleito.

Por otra parte, esas visitas realizadas y anunciadas del alcalde de Las Palmas de Gran Canaria y del presidente del Gobierno de nuestra Comunidad, podemos considerarlas gestos de buena vecindad, pero, a estas alturas del conflicto cercano, ya no sé si resultan más una confusión de nuestro papel en la zona, que una vía de entendimiento enriquecedor con las dos partes en contienda.

Por mucho que las autoridades españolas de Asuntos Exteriores lo nieguen, el liderazgo adquirido por Aznar en el expediente de Irak esconde una carta donde el contencioso del Sahara figura. La rápida salida de la crisis hispano-marroquí de la Isla de Perejil tras la intervención del secretario de Estado norteamericano Colin Powell constituyó el primer capítulo de unas nuevas relaciones entre el Reino de España y el Reino de Marruecos con Estados Unidos como maestro de ceremonia. Un segundo capítulo ha venido a ser el regreso de los embajadores respectivos a Madrid y Rabat, pocos días después de que el entendimiento entre Aznar y Bush empezara a ser tan evidente con respecto a Oriente Medio.

Da la impresión de que el vuelo de la mariposa bélica en Irak está determinando en esta parte del mundo una bonanza climática entre los países llamados a resolver un asunto generado en el aciago año de 1975.

¿Están las autoridades canarias en la inteligencia de todo este proceso? ¿Conviene realmente a los intereses de nuestras islas que sus representantes institucionales se estén decantando por soluciones que pongan en peligro nuestro acercamiento necesario a los pueblos marroquí y saharaui?

Hay una tendencia generalizada en el ser humano a simplificar las cosas entre buenas y malas, blancas o negras, carne y espíritu, derechas e izquierdas. Y esa propensión a restringir el conocimiento del todo a través de elementalizar las alternativas desemboca por regla general en el error.

Abrir hoy un debate en Canarias, sobre todo entre los gobernantes de uno y otro partido, entre promarroquíes y prosaharahuis, no haría sino entorpecer un trabajo muy delicado que nos queda por delante, y abrir heridas difíciles de cicatrizar en el futuro.

Si las cosas entre Marruecos y el Sahara Occidental se arreglan será a base de un acuerdo entre los países líderes en el gobierno del planeta, pues ese mosaico del mapamundi no sólo guarda riquezas materiales muy deseables y deseadas, también contiene paralelos y meridianos muy decisivos para la política internacional.

Desde Canarias: no comprometamos nuestro papel en próximas negociaciones y posibles arreglos, y ahorrémonos declaraciones públicas donde la simpatía por un pueblo cercano niegue la del otro hoy en litigio con él.

* Publicado en Diario de Avisos y Canarias7, marzo 2003-03-12