El nacionalismo canario, hoy (4)

RAMON MORENO

Es importante resaltar que, históricamente, el nacionalismo canario se ha mostrado como una opción que aspiraba a la constitución de un estado independiente y, si nos remontamos a los orígenes de esta alternativa política, entre finales del siglo XIX y principios del XX, no cabría ninguna duda al respecto, pese a que algunos historiadores hayan especulado, de forma interesada, sobre la verdadera naturaleza del nacionalismo canario.

Sin entrar aquí en la exposición de los contenidos del nacionalismo en las épocas citadas -supuestamente conocidos-, sí conviene hacer hincapié en su carácter independentista -¡como no podía ser de otra forma!- y su labor como pioneros de una actitud política que encontraría su continuidad en diferentes etapas de la historia contemporánea de Canarias, aunque no como herencia directa de aquellas formaciones originarias, pero sí de las causas -generales- que las posibilitaron.

El llamado, de forma perversa para demonizarlo, nacionalismo independentista -lo que constituye toda una redundancia dado que nacionalismo es consustancial con independentismo-, que reaparece en plena etapa franquista concretándose en la constitución del movimiento Canarias Libre, es la referencia histórica base de la que se nutre el movimiento nacionalista de la década de los setenta y ochenta. Aunque en realidad Canarias Libre, más que un movimiento en sí, era la expresión de la inquietud de una nueva generación de canarios, que no había vivido la represión directa del franquismo y que irrumpían en la vida política movida por una serie de circunstancias, tanto de orden externo como interno.

Las primeras eran las condiciones socioeconómicas que atravesaba el archipiélago canario, el triunfo de la revolución cubana -con la mitificación de la figura del Che- y, por último, pero no menos importante, la ejecución de El Corredera.

Las circunstancias de orden interno podríamos concretarlas en el entusiasmo revolucionario, no exento de voluntarismo, que mostraban ciertos sectores de la joven intelectualidad canaria, animados al trabajo político por la influencia cercana de militantes del PCE y la actividad sindical que desarrollaban algunos de sus líderes. La rápida desarticulación del grupo no permitió que se desarrollase todo un programa ideológico, pero sí es cierto que, por reflexiones más o menos elaboradas o por motivaciones intuitivas, sus participantes se reclamaban independentistas.

Pero el llamado nacionalismo independentista -lo que ha sido un auténtico estigma para los patriotas canarios- recorrió un largo camino hasta su aparición de nuevo en el Archipiélago a comienzos de los años setenta. En el exilio argelino se funda el MPAIAC (lo que en términos de marketing político sería la indiscutible marca del nacionalismo canario, se esté o no de acuerdo con sus postulados) y al reconocimiento diplomático cosechado en la OUA por Antonio Cubillo, se aúnan los esfuerzos para una articulación interna del movimiento a partir del año 1975.

El MPAIAC desarrolló una estrategia acorde con las circunstancias que se vivían en el continente africano en la década de los setenta y ochenta, y que se correspondían con la fiebre descolonizadora y la articulación de un movimiento panafricano, no homogéneo, pero sí decididamente anticolonial. La asunción por parte del MPAIAC de las consignas de la africanidad y de la negritud, bandera de los movimientos deliberación africanos, hizo que, por primera vez en la historia, el nacionalismo canario asumiera deforma clara y contundente los problemas que planteaba la situación geopolítica de Canarias y el ser un "territorio nacional" en Africa.

Otra cosa es que Canarias permanezca aún sin descolonizar, al quedar postergada del movimiento emancipador. Y en este sentido es muy importante poner de manifiesto, una vez más, que la contraposición de la europeidad política a la africanidad geográfica de Canarias constituye una de las más graves falacias en la historia del colonialismo y una enorme contradicción absolutamente indefendible. En efecto, paralelamente a la creciente importancia adquirida por todos los territorios insulares en general y de forma especial por los archipiélagos en el Derecho Marítimo Internacional, un fenómeno de similares características se estaba produciendo también en el marco de determinadas organizaciones europeas como el Consejo de Europa y la Comunidad Europea.

Así, para preservar los intereses coloniales de los países miembros, se aprobó la Resolución 110 (1979) en el transcurso de la 14a sesión celebrada el 18 de octubre de 1979 y propiciada por los trabajos de la Conferencia de Poderes Locales y Regionales del Consejo de Europa y de la Conferencia de Regiones Marítimas Periféricas de la Comunidad Europea.

El carácter eminentemente político de dicha Resolución pone de relieve la "primacía del principio de soberanía política" de las metrópolis europeas sobre sus territorios de ultramar, como es el caso de Canarias. Pero no se olvide que este criterio, el de la "soberanía política", tomó unas diferentes connotaciones actuales a partir de la II Guerra Mundial, a través del proceso de descolonización e independencia de los países del tercer mundo, ante la evidencia de otros factores que hasta la fecha habían sido prácticamente ignorados.

Estos factores fueron, fundamentalmente, la población y el territorio, los cuales, al ser considerados como parte esencia del concepto de "independencia política", hallaron su máxima expresión en el derecho de los pueblos a la libre autodeterminación y a disponer de los recursos naturales de su territorio. Estos dos principios, estandartes del Derecho internacional, fueron consagrados en la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar por los países que habían accedido recientemente a la Comunidad Internacional.

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