La cara del nacionalismo marroquí

JUAN JESUS AYALA

Muchas veces, los nacionalismos emergen porque existen poderes desde el mismo ombligo del Estado que no permiten que los pueblos que lo integran logren sus objetivos políticos y sociales, pero otras veces son los conflictos internos que vive un país, así como las miserias y la indigencia galopantes para, desde esta tesitura, enarbolar la bandera de la nación. Y desde esa lógica se busca un enemigo exterior; y para taponar esas miserias se fabrican los pretextos; y con el enardecimiento de la patria se olvidan las calamidades para, de esa manera, todos juntos, entonar la canción que diga de lucha por la nación para engrandecerla por los medios posibles, sin olvidar las armas que estarán enmohecidas en los cuarteles.

Y eso es lo que está pasando en la historia más reciente de Marruecos. Habrá que, repensando ésta, situar el inicio de un nacionalismo de supervivencia de un régimen cuasi corrupto y de un país depauperado, donde viven muy bien los poderosos, que son unos pocos, y mal, muy mal el resto, que son millones, en el intento fallido del atentado al padre del actual rey alauí, Hassan ll, por el que era su actual ministro de Defensa ametrallando el Boeing en el que regresaba de Francia tras repostar en Barcelona, donde almorzó con el entonces ministro de Asuntos Exteriores español, Gregorio López Bravo. El avión real es atacado en el aire y a duras penas logra aterrizar en el aeropuerto de Salé.

A partir de entonces, una vez que Ufkir, que fue el que había urdido el atentado, murió de un suicido con dos balas en la espalda, y ante la amenaza de futuros golpes de Estado y con el país dividido, se inicia una marroquinización amparada en la nacionalización de las industrias y servicios.

Pero la deriva nacionalista más efectiva y palpitante que llega a su cenit fue cuando se despliega el furor nacionalista para recuperar el Sahara. Lo que, por otro lado, era una vieja reclamación de las fuerzas nacionalistas impulsadas por el Istiqlal, que reprochaba a Mohamed V haber aceptado una independencia recortada del país. Y ya comienza a fabricarse en lamente del pueblo marroquí el logro del Gam Magred y extenderlo desde el Mediterráneo hasta Senegal. Y sin perder de vista, por supuesto, la anexión de las islas Canarias y de Mauritania, país al que reconoció su independencia en julio de 1967.

Esa nueva cara del nacionalismo marroquí aparece ahora de la mano de Mohamed VI y alentado de manera paradójica por el Gobierno español. Y sé alienta por la cantidad de ayudas que se han establecido, por la fuerza policial magrebí que se desplegará en territorio canario, por el control ficticio de una invasión que está perfectamente estudiada, y el Gobierno español, lo que ha hecho para frenarla, es situarse en el camino del ruego, de la dádiva, con lo cual las pretensiones anexionistas marroquíes no sólo se verán mitigadas sino estimuladas al comprobar la falta de visión y el exceso de confianza del Gobierno de Aznar.

Como dicen los mahometanos. Ala es grande y su poder no tiene fronteras. Así lo tienen asumido en su cultura, lo mismo que lo enaltece su religión y mientras otros o nosotros sentados podremos contemplar todos los disparates posibles. Ya desde la inoperancia se ha contribuido a desentumecer al nacionalismo marroquí y lo único que nos queda es recordar de lo que son capaces una vez que enrollen en sus cuerpos las banderas y los símbolos patrios.

Los acuerdos son a veces necesarios, las ayudas también, pero echar en saco roto las exigencias del país alauí es no repensar la historia y no conocer las exigencias de una cultura que ha estado sometida por viejos colonialismos y que en la política de la revancha guarda un sin fin de cartas en la manga que, desde ese nacionalismo revitalizado por un montón de compromisos que no pueden cumplir, con un pueblo que se les muere de hambre, son capaces de desempolvar lo imprevisto, mientras en el Archipiélago canario, recortado, encorsetado, sin aguas ni fronteras sólo nos queda el verlas venir y prepararnos para lo peor.