Nacionalismo y globalización
RAMON MORENO
A propósito de las mesas redondas y debates sobre nacionalismo canario que se han venido celebrando desde el pasado día 14 en Santa Cruz de Tenerife, con la participación de cualificados y expertos analistas y donde el pasado viernes 21 -atendiendo a una amable invitación del comité organizador- tuve la oportunidad de desarrollar mi ponencia "Canarias ante el Derecho Comunitario y el Derecho Marítimo", me ha parecido oportuno hacer referencia en el artículo de hoy a la cuestión de Quebec.
Y no porque exista ningún tipo de paralelismo entre esta provincia canadiense y Canarias, sino porque, en pleno siglo XXI, donde los nacionalismos, los conflictos étnicos y la posesión del oro blanco, el agua, serán la constante de este tercer milenio, el asunto de Quebec se presenta como un caso digno de estudio y consideración.
Así lo interpretan algunos politólogos para los que Quebec es un caso "de libro" y que ciertas regiones de la Unión Europea -Escocia, Flandes, País Vasco, Córcega o Lombardia- observan con el mayor interés. Porque en un marco democrático, plantea, desde hace varios decenios, la cuestión de la soberanía, de su independencia, en definitiva, de su separación de Canadá. Y lo hace además en un contexto geopolítico modificado por el Acuerdo de Libre Cambio Norteamericano (Nafta) que liga a Canadá, EEUU y Méjico.
Ahora bien, todo proyecto de integración implica la adopción de reglas comunes que disminuyen la soberanía de los Estados. Porque los centros de decisión se alejan, los Estados --hasta hace poco, cimientos de la unidad- ven como se aligera su cohesión nacional, se distiende y a veces, se fragmenta. Sobre todo si algunos de esos fragmentos (territorios) poseen identidades culturales propias (la lengua sobre todo), distintos al resto. Es como si la fusión provocara múltiples fisiones.
Para colmo, la aspiración quebequesa coincide con el fenómeno superior de la mundiializacion, que estimula la desreglamentación, apremia igualmente a los Estados a abandonar capítulos enteros de su soberanía, despoja a los gobiernos de importantes prerrogativas e impone por todas partes, sin tener en cuenta las singularidades locales, idénticos comportamientos económicos.
¿En tal contexto, a qué se reduce la cuestión nacional?
Varios meses después del referéndum del 30 de octubre de 1995 y de la derrota bastante ajustada de los partidarios de la independencia de Quebec (49%) la soberanía sigue siendo el objetivo irrenunciable del Partido Quebequés, en el poder desde 1994. Los últimos sondeos indican que la mayoría (55%) es favorable a la independencia y que ésta es inevitable para el 75% de ellos. En Otawa parecen decididos a revisar el federalismo y a reconocer finalmente el carácter distinto de Quebec. Pero otros federalistas se comportan como "malos ganadores" y, en nombre del principio "si Canadá es divisible, Quebec lo es también", no se privan de apuntar hacia una partición de la provincia. Un principio de partición que Canadá condenó oficialmente en la ex Yugoslavia cuando el presidente servio Slóbodan Milósevic trató de impulsar la partición de Bosnia-Herzegovina basándose precisamente en el principio de que "si Yugoslavia es divisible, Bosnia también lo es".
La dimisión de Lucien Bouchard, primer ministro de Quebec y jefe del Partido Quebequés, dejó a la población de la provincia en estado de shock; sobre todo, porque ésta sobrevino después de otra conmoción social: la victoria de los liberales de Jean Chrétien en las legislativas federales de 2.000, en las cuales el Bloque Quebequés, víctima de la abstención de los electores francófonos, perdió seis escaños y fue rebasado por los liberales, por primera vez desde 1980. Ello, según los adversarios de Quebec Libre, probaría el "fracaso" del movimiento soberanista.
No obstante, en la era Bouchard, la personalidad más carismática del nacionalismo, Quebec se ha convertido en el sexto partner comercial de Washington, porque el acuerdo de Librecambio Norteamericano ha reducido la dependencia económica de la provincia respecto al resto de Canadá, propiciando una explosión de las exportaciones hacia Estados Unidos, que representa más del 86% del total.
Dependiente durante mucho tiempo de materias primas, la economía de Quebec ha experimentado éxitos destacables en el campo de la aeronáutica, las telecomunicaciones, el multimedia y la biofarmacia. Y algunas de sus empresas se sitúan en primer plano mundial de su sector, como Alcan (aluminio), Quebecor (papel), Bombardier (aeronáutica) o Hidro-Quebec (electricidad). Con un PIB de 130.000 millones de dólares, Quebec -7,5 millones de habitantes- figura ya entre las treinta primeras economías del mundo.
Estos resultados tan destacados no han impedido, sin embargo, el descontento. Los detractores de Bouchard le han venido reprochando el haber sacrificado a la lógica neoliberal demasiadas cosas al reducir drásticamente los presupuestos sociales en salud y educación, lo que se ha traducido en un agravamiento de las desigualdades.
Se le causa también de haber defendido con entusiasmo la dinámica de la globalización, promoviendo la Cumbre de la Américas, destinada a elaborar un proyecto de acuerdo de librecambio desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Por eso, el proyecto nacionalista de Quebec no le afecta la imparable mundialización, puesto que este proyecto se dirige tanto a la separación como a la integración. Separación de Canadá para asociarse mejor, soberanamente, en una colaboración económica que se extienda a los Estados Unidos y Méjico.
Bernard Landry, sucesor de Bouchard en la presidencia del PQ, ha afirmado solemnemente: "No somos una sociedad distinta. Somos una nación". Y prometió acelerar la marcha hacia la soberanía total de Quebec.
24 mayo 2004
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