La Provincia, 15-1-04
NO EN NOMBRE DE LA LIBERTAD
Nicolas Guerra Aguiar
D
esde el año 2002, la base naval norteamericana de Guantánamo (Cuba) se convierte en prisión de cientos de detenidos a causa de la supuesta guerra de Afganistán. Hoy, organismos internacionales fuera de toda sospecha como Amnistía Internacional, denuncian las gravísimas violaciones de los más elementales derechos humanos y, además, que el territorio cubano ocupado por los EE UU sea una cárcel "más allá del alcance de cualquier ley". Según esta organización internacional, hay incluso menores de edad detenidos a los que no se les aplican las normas legales vigentes, y son tratados como adultos. No se plantean, después de los años, procedimientos judiciales (como en cualquier país civilizado) para determinar las acusaciones y, por tanto, proceder a las defensas de los detenidos a quienes se trata como a delincuentes ya condenados sin previos imparciales juicios.El capricho del todopoderoso defensor de las libertades desprecia el derecho internacional y las básicas normas de cualquier país democrático y respetuoso con los más elementales principios de igualdad jurídica que definen a los Estados civilizados, aunque a veces dudemos de cuáles son éstos e, incluso, de qué se entiende por civilización, toda vez que los cariñosos coqueteos del Gobierno español con la Administración norteamericana parece que nos conducen más a identificaciones ideológicas dominantes en la España fascista que a los principios definidores de todo Estado de Derecho: ¿será que, en el fondo, se encuentran más a gusto los dirigentes del PP con las reducciones de libertades colectivas que con los reconocimientos internacionales de las mismas? Derechos sí, por supuesto, pero controlados, parece que se deduce de sus comportamientos. Y los malos, los peligrosos delincuentes internacionales, incluso los que por allí pasaban casualmente, ¿para qué necesitan defensas y derechos? ¿Que no saben de qué se les acusa? ¿Que no se han podido demostrar las denuncias de terroristas internacionales? No importa. Son sospechosos como lo fueron los intelectuales para Franco, como lo son los demócratas para las dictaduras, como se pensó de quienes ansiaban mundos en libertad y en igualdad, los peligrosísimos sindicalistas de
CC OO y de UGT, los condenados a muerte en el Proceso 1001, los del penal de Burgos, los poetas como José María Millares. Es decir ¿tal como demostraron los inquisitoriales dominicos y agustinos tras hábiles y sangrientas sesiones interrogatorias? todos presumen de inocentes hasta que los verdugos consiguen tras ímprobos esfuerzos la verdad, la que se deducía desde antes de los candentes hierros y de los alargamientos corporales.
Cuando se ven las fotografías de los detenidos; cuando las cabezas de los detenidos en nombre de la libertad no son más que estructuras disimuladas por pasamontañas o simples bolsas de plástico; cuando las piernas no pueden dirigir los movimientos más que hacia los vacíos que el desorden impuesto impone; cuando las manos de los prisioneros de dos y tres años son un simple elemento corporal sin más función que la de permanecer unido a las rígidas y duras correas que se imponen; cuando las piernas parecen fantasmagóricas a causa de las chirriantes estructuras de hierro con las que los propios esclavos norteamericanos fueron atados a la esclavitud; cuando los dedos de los prisioneros ya se vuelven insensibles incluso a los airecillos guantanameros porque aquéllos ya ni sienten, me duelen las ausencias de sensaciones, me hieren las insensibilidades de quienes se erigen en sobrejueces, en intocables definidores incapaces de percibir porque aquellos prisioneros, vejados, insultados, maltratados, desprovistos de su propia condición humana, podrían incluso hasta ser inocentes. O tal vez culpables, no sé. Pero no han sido condenados, no han sido sentenciados por imparciales tribunales que les reconocieron escrupulosamente sus derechos, el derecho a la inocencia hasta que se demuestre lo contrario. No, en absoluto. El gran amigo de Aznar, el gran admirado del PP que actúa al margen de la civilización y que bombardea y masacra y destruye incluso a quienes aún no son capaces de pensar en las injusticias porque no han llegado a las sensibilidades de las adultas edades, desprecia a la Justicia porque ésta equivale a la equidad, a la sentencia de acuerdo a lo probado, al respeto a los derechos ajenos, a la rectitud, a la estricta y escrupulosa observancia de las leyes morales.
No, no me hablen en nombre de la libertad que no acusa a sus detenidos, que no presta las necesarias e imprescindibles asistencias a quienes no pueden defenderse porque ni saben qué se les imputa, de qué se les hace responsables. No me digan que en nombre de la libertad no puede ni verse el rostro del prisionero, no puede ni sentirse el parpadeo de sus miradas atónitas o sorprendidas frente a la tela que cubre sus ojos y que reduce al cien por cien las posibilidades de mirar algo más allá; no me digan que en nombre de la libertad se encadenan los cuerpos y las mentes y los sentimientos y las palabras de los prisioneros anónimos de Guantánamo... No me digan en nombre de la libertad que algo más allá, a pocos kilómetros de la base naval norteamericana (también) se cercena la libertad, (también) se coartan las libres expresiones, (también) se encarcela a quienes son simplemente sospechosos ideológicos. No podría tener elementos diferenciadores si en la misma tierra, en la misma geografía, en la misma isla cubana, se identifican las mismas actitudes, los mismos comportamientos en nombre de opuestas concepciones ideológicas. No me hablen en lugar de esa supuesta libertad que dicen defender los norteamericanos y el PP. Las leyes son iguales para todos: es éste, sin duda, el primer fundamento de la Libertad, la que yo entiendo como tal. Lo otro, lo del discurso agresivo y sin respetos a las elementales dignidades individuales no me sirve. Ya lo conocí en la dictadura franquista. Algo huele a podrido en la peligrosa concepción de la Libertad que se tiene en nombre de unos fanáticos altamente peligrosos. ¿Quién los juzgará? No, desde luego, el Partido Popular a quien apoya, incondicionalmente, Coalición Canaria.
No, no me hablen en nombre de la libertad que se pregona a los vientos de la injusticia, de las ausencias de jueces imparciales, de ausencias de respeto a las dignidades humanas. Esa libertad no es la de los pueblos civilizados. Ésa es la que se impone por la fuerza. Pero por la fuerza del más bruto, no del más racional.