El Mundo, 21-8-04
Venezuela: la ocasión perdida
RUBEN
MARTINEZ DALMAU / ROBERTO VICIANO
El 11 de
abril de 2002 no levantó todas las máscaras. Cuando un sector amplio de la
oposición venezolana gritó contra Carmona (una vez fue retirado del poder por
el pueblo) y se rasgó las vestiduras por el golpe de Estado, muchos creyeron
que, en efecto, la mayoría de los líderes opositores rechazaban la vía violenta
y estaban decididamente comprometidos con el juego democrático. Si Chávez debía
salir de Miraflores, había que poner en marcha los mecanismos que la
Constitución preveía para ese caso.
El presidente Chávez siempre
ha afirmado que dejaría el poder cuando así lo decidieran, democráticamente, la
mayoría de los venezolanos. Pero, durante los dos años siguientes, la oposición
democrática venezolana buscó por vías alternativas formas de presionar, a
cualquier coste, para propiciar la salida del presidente. El cierre patronal y
el paro petrolero sólo tenían sentido si los líderes opositores conseguían la
renuncia del presidente. Los catastróficos resultados fueron otros, y casi
arruinan al país, que vio hecho trizas su ya por sí debilitado tejido
industrial y estuvo varios meses sin recibir un dólar del petróleo. Algunos
meses más tarde, las acciones violentas de calle, provocadas por los líderes
opositores, generaron una reacción internacional en contra del Gobierno
bolivariano.
A pesar de todos los
indicios de que mentían, una buena parte de la población seguía creyendo a los
líderes opositores cuando insistían en la vía democrática para acabar con el
Gobierno de Hugo Chávez. Les creyeron aun cuando los medios de comunicación
falseaban las noticias y desplegaban una campaña de deslegitimación del
Gobierno sin precedentes en ningún país democrático. Creían que decían la
verdad a pesar de que los diputados opositores boicoteaban la labor legislativa
en el Parlamento e impedían que la Asamblea Nacional eligiera a los miembros
del Consejo Nacional Electoral (CNE, órgano responsable de organizar las
elecciones), los cuales finalmente tuvieron que ser designados por el Tribunal
Supremo de Justicia para poder hacer efectivo el derecho al revocatorio al que
la propia oposición apelaba. El pueblo venezolano se esforzaba en creerles
incluso cuando los líderes de la oposición afirmaban que nada tenían que ver
con que miles de muertos firmaran en contra del presidente Chávez en el proceso
de recogida de firmas, que desembocó en el referéndum del 15 de agosto, o
cuando se demostró que casi un millón de las firmas presentadas eran falsas,
estaban duplicadas o no habían sido consignadas por sus titulares.
Los líderes opositores
venezolanos nunca han querido que hubiera un plebiscito revocatorio contra
Chávez. Pero ahora ya es de conocimiento público. Sólo este dato puede explicar
cuánto tardaron en reaccionar cuando el Consejo Nacional Electoral convocó, a
principios de junio, el referéndum para mes y medio después. La desubicación de
los líderes opositores fue evidente, y llegaron la estampida y el pánico. La
autodenominada Coordinadora Democrática, que agrupa a los partidos políticos
que durante 40 años han ejecutado los malabarismos necesarios para mantener el
poder en el país, barajó todas las posibilidades de escapatoria del
revocatorio, aun las más desesperadas. Estaban a un paso de recoger los frutos
de sus mentiras.
A esas alturas quedaban
pocas salidas más allá de la de seguir mintiendo. Los líderes opositores
pusieron en marcha todos sus mecanismos para perpetrar el ultraje y la mentira.
Las empresas encuestadoras, las mismas que anunciaron empate técnico entre
Chávez y Salas Römer a pocos días de las elecciones de 1998 (Chávez ganó con el
57% de los votos), anunciaban que los apoyos del chavismo en el revocatorio
eran de poco más del 30%. La victoria de la oposición no se cuestionó en ningún
momento. Los escenarios presentados por los medios de comunicación para el día
después afirmaban que la inevitable victoria de los partidarios de revocar a
Chávez suponía, automáticamente, la regeneración de las instituciones democráticas,
la desaparición de la corrupción y el mantenimiento de los programas de
atención social que podían rescatarse del moribundo Gobierno bolivariano. Todo
era mentira.
Las encuestas internas que
manejaba la Coordinadora Democrática mostraban lo que todo el mundo intuía: la
diferencia entre los electores dispuestos a apoyar a Chávez y aquellos que
votarían por la revocación del mandato era de más de 10 puntos de diferencia a
favor de los primeros. Aun así, no había opción de dar marcha atrás. Los
líderes de la oposición amenazaron con hacer públicos sus resultados, obtenidos
por supuestos sondeos a pie de urna, antes de que se cerraran los colegios
electorales. El CNE y los observadores internacionales les pidieron que
acataran la normativa electoral que, como en todos los países democráticos,
prohíbe este tipo de acciones. Aún así, los líderes opositores difundieron por
vías alternativas sus resultados. A través de páginas web, insinuaciones y
rumores varios, en la madrugada del 15 de agosto una buena parte de la
población y, lo que es más grave, de la prensa nacional e internacional, estaba
convencidos de la abrumadora victoria del sí. Pero todo era mentira.
El CNE hizo públicos sus
resultados al filo de las cuatro de la madrugada del 15 de agosto, a pocas
horas de que cerraran los últimos centros de votación. La masiva presencia de
electores había promovido el retraso del cierre de los colegios hasta la
medianoche. Los primeros datos oficiales ofrecidos por el presidente del CNE,
Francisco Carrasquero, fueron antecedidos por las declaraciones de los miembros
opositores del Consejo Nacional Electoral, Zobella Mejías y Ezequiel Zamora
cuando, de forma apresurada y con brillo de culpa en los ojos, mintieron a la
sociedad venezolana alegando que los resultados que iba a hacer públicos el CNE
no podían considerarse fiables. El rector Zamora, pocos días antes, había
declarado públicamente que el sistema de votación era completamente seguro, lo
que evitaba a todas luces la posibilidad de fraude.
La oposición venezolana
perdió la oportunidad histórica de dar marcha atrás en su plan
desestabilizador, basado en la mentira continua, y también la de rectificar una
vez conocidos los resultados oficiales que, por otra parte y como afirmó el
presidente Carter, coincidían con los recuentos paralelos que habían llevado
adelante no sólo los observadores internacionales, sino la propia Súmate
(empresa electoral de la oposición). Por el contrario, a las pocas horas la
Coordinadora Democrática declaró que desconocía los resultados, y anunciaba a
todo el país que había habido fraude. Algunos líderes de la oposición, en una
actitud de máxima irresponsabilidad, arengaron a los ciudadanos a salir a
luchar por sus votos, en lo que podría calificarse de instigación a la rebelión
civil.
La situación sólo se
apaciguó cuando los observadores -el Centro Carter, la OEA y las diferentes
misiones de observación electoral internacional presentes en el país-
garantizaron que el proceso electoral había sido limpio y no había ninguna
posibilidad de fraude. La tensa calma del lunes 16 de agosto estuvo a punto de
convertirse en la salida a la calle de miles de electores que, engañados por su
dirigencia y los medios de comunicación controlados abrumadoramente por la
oposición, fueron convencidos de que les habían robado las elecciones. La
estrategia de la mentira, llevada adelante irresponsablemente, podría haber
acabado en decenas de muertos. Esto demuestra que alcanzar una oposición
legítima, democrática y pacífica es, ahora más que nunca, el reto más difícil
que tiene ante sí la sociedad venezolana.
Rubén Martínez Dalmau y
Roberto Viciano son profesores de Derecho Constitucional de la Universidad de
Valencia.