Otro Primero de Mayo 2003
por Jorge Etcheverry
Aparentemente no hay mucho que celebrar este primero de mayo. El imperialismo está abocado a la ofensiva más intensa y amplia de los últimos tiempos. La ausencia de un ‘bloque socialista’ no fue llenada por otro centro político y económico que ofreciera por lo menos un balance entre potencias. Así, el integrismo político de quienes rigen Estados Unidos se fusionó aún más en la política internacional de ese país al integrismo económico de la expansión y homogenización imperialistas.
Así vemos que desaparece la posibilidad de versiones distintas de la democracia, ya que por la fuerza de las armas y las comunicaciones se la está haciendo coincidir con un solo modelo económico, el del así llamado libre mercado. La Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se aúnan en una estrategia conjunta de imposición de un solo modelo económico, que parece enfocado hacia la li! quidación o subordinación de las economías nacionales, mientras el único foro mundial restante con matices pluralistas, las Naciones Unidas, sufre enormes presiones y se ve marginalizada.
En el discurso y la ideología, en el plano de las manifestaciones superestructurales, en sus últimos conflictos, el nodo central imperialista que proyecta sus vasos capilares en todos los tejidos del mundo, ha impuesto la identificación entre las formas culturales estadounidenses y angloprotestantes con el ‘Occidente’. Así, los diversos conflictos parciales de esta renovada expansión y consolidación imperialista asumen un implícito carácter cultural de ‘guerra santa’ contra ‘los infieles’, barnizando y enmascarando esta empresa de neocolonización del ‘sur’ por el ‘norte’con un matiz cultural religioso,.
La imposición del libre mercado global significa que toda institucionalidad nacional que aspire a sobrevivir tiene que acatar las directrices económicas y políticas emanadas de los cent! ros reguladores imperiales, que llegan a todos los grupos y estamentos políticos que, incluso desde fuera del poder institucional, en todas las latitudes, pudieran aspirar a hacerse cargo de un aparato estatal cuya posibilidad de existencia misma ya está decidida, en cuanto a su viabilidad económica, por el imperialismo global.
Así, se va llegando a una situación en que todo estado del mundo se convertirá en un estado cliente, y su forma y función serán determinadas desde el centro imperial. Incluso, en procesos electorales, no importará el programa del partido o coalición recién elegidos por la ciudadanía, la viabilidad misma del gobierno estará condicionada por la adopción de una fotocopia del programa global de libre mercado. O sino se sufrirán las sanciones y el eventual derrocamiento.
El discurso económico liberal, el uso de ‘libre’ para referirse al mercado señala una situación de latrocinio a escala de las naciones y significa en los hechos obligar a todo país as! í llamado ‘en desarrollo’ a abandonar las esperanzas de un desarrollo económico autónomo. Al imponer la eliminación de aranceles, el imperio dicta la sentencia de muerte a las industrias nacionales, que de ahí en adelante habrán de competir con conglomerados que inundarán los mercados nacionales con productos manufacturados por mano de obra semiesclava en otras latitudes, con cuyo precio no pueden competir. Las multinacionales entrarán al país en cuestión a llevarse los recursos en masa. Cualquier resistencia será declarada ilegal por las entidades reguladoras del comercio mundial, a lo que seguirán bloqueos, sanciones, e incluso golpes de estado.
Así no es raro que amplios sectores de las poblaciones reaccionen con desconfianza y desprecio hacia las organizaciones políticas, cualesquiera que sean sus plataformas y programas, ya que piensan que no hay garantía de que las cosas cambien. Un presidente progresista recién elegido, por ejemplo en América Latina, tendría que de! cir: "lo que les ofrezco es que tienen todavía que amarrarse el cinturón, incluso más que antes, por otros cuantos años, y luego a lo mejor van a tener que estar conmigo en la calle luchando contra los tanques".
Pero por otro lado, habría que reconocer que esta oleada imperial de expansión y consolidación ha agudizado las contradicciones, está socavando los términos medios y está generando una antítesis opositora multifacética, todavía incipiente y fragmentaria. En circunstancias de la invasión de Irak, la polarización al interior de Estados Unidos superó a la de guerra de Vietnam, nacieron organizaciones masivas y eficaces, se esbozó un componente étnico, social y cultural: sólo el 35% de la población negra estaba a favor de la guerra, mientras en el 30% global que se oponía se contaba un número desmedido de intelectuales, estudiantes, artistas, es decir, la ‘intelligentsia’.
Esa contienda, a nivel global, separó incluso a aliados de otras ocasiones. Al ejercitar sin di! simulo la opción de la presión económica o la compra de la adhesión, el imperio se quitó la máscara, en un gesto que reproducía la presencia armada de sus soldados en los territorios ocupados.
Ésa tendencia se irá acentuando. Hace casi treinta años, el imperio cambió el régimen en Chile sin necesidad de pasar por el Consejo de Seguridad y sin que se viera su mano. El papel del imperialismo en el golpe de estado fue casi inexistente en el discurso político bajo la dictadura. Esa mediación no es posible en Irak o en Afganistán y no lo será en Cuba o Colombia. Ya no es posible que los gobiernos títeres o clientes que se instalan controlen por sí mismos la situación, lo que hará necesaria la presencia de algún tipo de control directo de las cohortes imperiales, y de la presencia evidente de sus tropas de ocupación.
Frente al proceso de globalización, como su opuesto y quizás complemento, brota lo que en algunos sectores se denomina la localización. La tendencia hacia la p! articularidad. A través de las comunicaciones globalizadas se hacen sentir las voces de los sectores etnoculturales oprimidos en los diversos países. Si bien el imperialismo puede aprovecharse puntualmente de esos grupos para afianzar su dominio, como parte del pueblo kurdo en el caso de Irak, en general apoya a los gobiernos centrales en la mantención de su hegemonía, como en el caso de España e Israel. En esos casos la lucha de liberación asume un carácter antiimperialista en la misma proporción de la presencia o conciencia de la presencia del imperialismo junto al gobierno nacional opresor.
No estamos en presencia del fin del imperialismo, ya que aún debe consolidar su sistema en forma universal sobre este mundo, objetivo insito en el sistema capitalista, basado en la explotación de los recursos naturales y humanos para obtener la plusvalía. En este doble proceso de sustracción de riquezas naturales y fuerza de trabajo, el sistema capitalista busca el aprovechamiento m! áximo: el objetivo del sistema es el control y explotación de todos los recursos naturales existentes, usando el trabajo humano lo menos costoso posible. La burda versión darwinista que subyace a esta ideología predica la aniquilación de la competencia, la subyugación del ser humano y el consumo total de los recursos, en una espiral sin sujeto cuyo fin es la esclavitud—el trabajo más barato posible--, y el caos ecológico. A eso se le llama progreso.
Por otra parte, existe una conciencia más y más amplia en todos los ámbitos de la geografía y diversidad humanas, del abismo hacia el que el sistema capitalista imperial lleva al mundo. Está claro que no se trata ya tan sólo de la sustitución de un sistema político por otro. Por su dinámica, el capitalismo imperialista no puede mutar en una sociedad mundial centrada en el ser humano y el ambiente. No puede dar cabida en su seno a la miríada de formaciones económicas, sociales y culturales todavía existentes, sin hacerlas entrar! en su maquinaria de producción y consumo. No puede eliminar las desigualdades entre clases o géneros en el así llamado mundo desarrollado sin acentuarlas a extremos pavorosos en las neocolonias. No puede disminuir, sino que de hecho aumenta, el abismo entre la sociedad opulenta y las sociedades que llevan la carga de la opulencia. No puede por otro lado asumir las tareas de control ambiental y desarrollo sustentable global que se hacen más y más imperativas, porque van contra su dinámica misma.
En resumen, el imperialismo globalizante se expande a un nivel y magnitud sin precedencia, pero su misma magnitud e impulso despierta fuerzas cada vez más numerosas y variadas. Si su mecánica parece irresistible y su alcance universal, donde llega hace evidente no sólo su propio carácter, sino a la vez las contradicciones de las sociedades a las que toca, cuyas elites económicas y sociales se hacen más y más dependientes del imperio para su subsistencia. Así, un nuevo abanico de co! ntradicciones recorre el mundo, desde el Medio Oriente hasta América Latina, pasando por Europa.
Es una época de nuevas alianzas y nuevos frentes, de programas amplios y pluralistas, de lenguajes y culturas diversas, unidas en la práctica contra el imperio, por el mero hecho de existir. Es una época de nuevos movimientos de masas, por el momento con metas y reivindicaciones muy focalizadas, pero que están clamando por un programa común e incluyente, por vanguardias que unan, dirijan, aprendan, reciban, se muevan de la reivindicación local a la utopía universal. Ya no se trata de una lucha por un mundo mejor, sino quizás, por el único mundo posible.