La Nueva Cuba,
Agosto 21, 2001CUBA - PAIS VASCO ESPAÑOL: ¿PARALELISMOS?
Los acontecimientos de tipo político, enlazados con terrorismo, que han tenido lugar durante estos últimos meses en el País Vasco (España), pero cuya problemática data de mucho tiempo antes, nos obligan a reflexionar sobre otros hechos que tuvieron lugar en Cuba, que fue dominio español hasta finales del siglo XIX, cuando aquella Isla pretendió emanciparse de España haciendo uso de todas las estrategias posibles.
La Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898), que se hizo definitiva a pesar del esfuerzo de los españoles adictos y de los mandos militares en la Isla, se extiende rápidamente desde Oriente hasta la provincia de Pinar del Río, en acción combinada de fuerzas insurrectas cubanas que asombraron al mundo de la época en el mismo año 1895.
La opinión pública fue hábilmente movilizada a través de la prensa, único y eficaz medio de comunicación de masas y como tal --como también ocurre ahora-- constituía un factor influyente en las masas; quedando amenazada, por último, la propia Habana, sede suprema de la administración civil y militar españolas, en estado de alerta desde finales de dicho año, y dos meses antes de la llegada del nuevo Capitán General, Valeriano Weyler y Nicolau, Marqués de Tenerife.
La situación impone al nuevo mandatario la toma de decisiones a la desesperada, ya que tras la insurrección se ve claramente la ayuda de los EE.UU., en armas y material desde las costas de la Florida. España, con gran alarde de patriotismo, se empeña resueltamente en la lucha y ya ha decidido enfrentarse a la situación en una cruenta guerra que durará tres años, para nunca plegar la bandera que ha ondeado durante más de cuatrocientos años sobre la Perla del Caribe que había considerado como "la siempre fiel Cuba".
Los dos años de lucha desesperada no parecen intimidarla, a pesar de las enormes pérdidas en hombres, material y dinero. Sus hijos mueren a millares en los hospitales o en las agrestes montañas en la tupida manigua o segados por la fiebre amarilla y otros virus tropicales que proliferaban.
Al general Arsenio Martínez Campos, que ya intuye la pérdida de la Isla, le sustituye en el gobierno y jefatura del Ejército otro general de prestigio que también conocía Cuba, Weyler, cuya actuación se nos antoja parecida a la que ahora lleva a cabo el ministro español Mayor Oreja en el País Vasco, militar español de gran experiencia que ya había operado con el mismo Martínez Campos en la campaña de los "Diez Años", y que asume las riendas del mando supremo el 12 de febrero de 1896, en breve acto de toma de posesión en la Capitanía General de La Habana.
Con táctica netamente militar intenta cambiar, por todos los medios, el signo adverso de los acontecimientos a través de la aplicación de nuevos métodos, considerados bárbaros, contra los insurrectos y elementos no adictos a la causa española, que llegan a su punto culminante en el Bando de Reconcentración acordado desde España, firmado, pero que tiene efecto mucho después de su toma de posesión, el 21 de octubre del mismo año, al ver clara la concomitancia entre la población civil con rebeldes y yanquis, orden que disponía: " ... todos los habitantes en los campos o fuera de las líneas de fortificación --se refería ya a la creada por él Trocha desde Mariel a Majana-- y de poblados, se reconcentrarán en el término de ocho días en los pueblos ocupados por las tropas. Será considerado rebelde y juzgado como tal, todo individuo que transcurrido dicho plazo se encuentre en despoblado...".
Cómo apunta el profesor cubano José Cantón Navarro la citada órden motivó que "miles de cubanos tuvieran que abandonar sus hogares, sus fincas y demás propiedades, --salvo los animales domésticos y enseres personales-- y se trasladarían hasta los lugares designados por el bando. Los concentrados, sin medios de vida, vagaban por los portales, parques y calles de las poblaciones, durmiendo a la intemperie y subsistiendo de la caridad pública "puesto que el Ejército español poco o muy poco podría hacer por ellos, sólo vigilarlos".
Esta política de concentración en múltiples campos independientes, donde se fusilaba bajo mínimo pretexto a aquellos de sospechosa conducta de no afección --mujeres, niños, e incluso hijos de ilustres militares españoles, que resultaran sospechosos--, produjo la crítica de la prensa estadounidense con el consiguiente daño a España y a su política colonial, al quedar afectados por dichas medidas la población campesina formada principalmente por ancianos, mujeres y niños, puesto que muchos de los adultos huídos se hallaban en el bando insurrecional ya denominado Ejército Libertador de Cuba y en abierta guerra contra el Ejército español en la isla.
La situación de guerra desesperada en que desembocó aquella táctica, dio lugar a excesivos gastos a la hacienda española que, llegado el momento, devaluó la peseta cuando su cotización en el mercado internacional era superior a la del mismo dólar norteaméricano.
La tópica frase "España pondrá en Cuba el último hombre y gastará la última peseta", no la pronunció sólamente Cánovas del Castillo, también la usó, para sus intereses azucareros en la Isla, Romero Robledo, político conservador vinculado por matrimonio a la familia cubana de los Zulueta, originarios vascos propietarios de varios ingenios azucareros, quien repitió insistentemente: "Antes de transigir daremos la última gota de nuestra sangre y gastaremos el último escudo de nuestros bolsillos".
Asimismo, al inicio de la guerra, en 1895, el entonces líder de la oposición liberal, Práxedes Mateo Sagasta, con apasionamiento inusitado previno ante el Parlamento que el gobierno español estaba dispuesto a "invertir el último hombre y la última peseta para aplastar la rebelión cubana".
Más tarde, a la vista de las circunstancias en Cuba y en el mismo territorio español, modificó totalmente aquella premisa, puesto que llegado el momento de reflexión, ante la proximidad de la derrota que se intuía en aquel verano de 1898, aparece, en un artículo editorial de El Nacional, respecto a aquella defensa a ultranza para conservar Cuba, lo siguiente : "Cueste lo que cueste se tranforma en pérdida de los fundamentos integristas preconizados, para acercarse más al sentido lógico y de racionalidad", y para intentar "salvar lo que se pueda". En dicho editorial ya se expresaba el problema cubano en estos términos: "... con una deuda que alcanza los 3000 millones de pesetas, una inevitable guerra con los EE.UU. y todo perdido, y con la autonomía radical --en Cuba-- que es igual a la independencia --que además los cubanos terminaron por no acatar-- lo que supone la anarquía, ... ¿pero es que nadie ha pensado en una anexión pactada y beneficiosa para España --o la venta en firme a los Estados Unidos, proyectada, pero no posible por diversas causas, entre ellas la monárquica-- que garantice las propiedades de los peninsulares y nos redima de la deuda? Todo este deseo se esfumó puesto que el escenario cambia radicalmente en el estallido de la Guerra Hispano-Americana, ya irreversiblemente provocada por los intereses de propietarios norteaméricanos en Cuba y de la burguesía criolla compuesta, entre otros, por descendientes hispanos, cuyo desenlace, de todos conocido, provocó el mayor desasosiego y pesimismo, jamás pensado, en la historia contemporánea de España, que hubo de recurrir al llamado "regeneracionismo" con el propósito de paliar aquella singular situación.
Miguel Leal Cruz
**Licenciado en Geografía e Historia y CC. de la Información.
La Laguna de Tenerife (Canarias -España
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