El pendón de Aguere
Francisco Javier González
"Es una ciudad de la muerte, con la mayoría de sus casas abandonadas y calles vacías donde crece la hierba y apenas se oye un sonido que despierte sus ecos. Todo anuncia decadencia y abandono, con espléndidas casas con fachadas esculpidas que se están cayendo a trozos, donde la hierba y el musgo crecen por todas partes... Es una ciudad que da horror, lóbrega y depresiva hasta el grado máximo... donde uno espera ver ataúdes desmoronados o cuerpos insepultos en los portales ruinosos o en los arcos estropeados, con pocos habitantes, alrededor de uno por cada diez casas y es maravilloso que puedan vivir allí sin suicidarse" (West African Islands. A. Burton Ellis. Londres, 1885).Así describió a La Laguna del último cuarto del S. XIX el militar inglés Burton Ellis, muerto y sepultado en Santa Cruz en 1894. Ya la capitalidad insular llevaba años de trasladada a una Santa Cruz en la que el puerto atraía a la población más dinámica y que, tras largos años de disputa, había resuelto a su favor el pleito con Las Palmas por la capitalidad archipielágica iniciado con las Cortes gaditanas. Los últimos reflejos de la pasada gloria de Aguere se habían desvanecido con la Junta Suprema de 1809 y sólo una escasa elite ilustrada, habitantes de casonas blasonadas con ecos de conquistadores pretéritos, imponía criterios, estilos y hasta recuerdos a un pueblo al que el censo de Canarias de 1850 atribuía un 94% de analfabetismo.
Este pueblo, de labriegos y artesanos, asume como propio un imaginario en cuyo trasfondo late el recuerdo de una perdida grandeza, y hasta de una "capitalidad de Canarias" que nunca tuvo una concreción real fuera de ese imaginario colectivo. En el Aguere de mi infancia, de guirreas de piedras y pelotas de trapo en calles mal empedradas y tapizadas de musgo y charcos de agua (salvo el "cuadrilátero señorial" de Plaza de Abajo-San Agustín-Concepción-Herradores), los niños crecimos tomando como verdad incuestionable que La Laguna siempre fue la Ciudad más importante, más señorial y la Capital de las Canarias, aunque su importancia entonces sólo radicara en la precaria Universidad de las dos viejas casonas de la calle San Agustín. Con los blasonados señores a la cabeza, el lagunero traslada esa mezcolanza de sentimientos de orgullo y frustración a los actos "cívico-militares" que, con el trasfondo religioso que impregna toda la vida pública de La Laguna, reviven momentáneamente esa supuesta y perdida grandeza.
Máximos exponentes de esta actitud cultural son las "Procesiones del Pendón", tanto la del 27 de julio como la que precede a la Procesión Mayor del Cristo de La Laguna el 14 de septiembre y, realmente, sólo esa alienación colectiva que sufrimos los laguneros puede explicar el que adoptemos como propio y rindamos honores al Pendón que el criminal Alonso de Lugo portaba en la conquista española de Tenerife, teñido del color de la sangre de los esclavizados guanches y cubierto de oprobio y vergüenza en el asesinato de Tinguaro con su decapitada cabeza pasto de guirres y cuervos en el lomo de San Roque.
Lamenté no estar en La Laguna este 14 de septiembre. Si hubiera estado, aún con el desmesurado despliegue policial que rodeó a la "Procesión militar del Pendón" (me resisto a lo de "cívica"), hubiera intentado, al menos, manifestar mi radical oposición a que en mi ciudad y por mis autoridades se sigan rindiendo homenajes a símbolos coloniales de guerra, conquista, esclavitud y opresión. ¿Merece la pena?
*Publicado en el periódico El Día