Mediatización y perversión del lenguaje

RAMON MORENO

Que las comunicaciones han experimentado una gran evolución en los últimos años, es un hecho tan evidente que no admite dudas. Ello ha sido debido, entre otros factores, al auge de las nuevas tecnologías que han propiciado una verdadera revolución en el mundo de la información, que alcanza cualquier lugar del planeta, por remoto que sea.

Ahora bien, no es menos cierto que esa globalización de la información -que obedece a intereses muy concretos-, lleva implícita, aparte de la propia inmediatez de la noticia, in situ, una muy bien estudiada y cuidadosamente diseñada estrategia mediática, que no solo conculca de forma flagrante los mas elementales principios éticos y morales sino que, transgrede de manera sistemática el derecho sagrado a la libertad de expresión y de pensamiento. Esta mediatización, que ya lleva tiempo instalada entre nosotros se vale, para conseguir sus objetivos, de dos elementos al cual más nefasto: uno, la complicidad de los actores que requiere cada escenario; y dos, de un instrumento sibilino e infame como es la perversión del lenguaje, hasta límites verdaderamente canallescos.

Así, hemos visto recientemente el uso repugnante e ilegal del término made in USA, guerra preventiva, para justificar la invasión de Irak; o el más mediato made in Spain, anticipatorio, para justificar... ya veremos que. Y donde el concepto de terrorismo adquiere diferentes connotaciones -según convenga-, hasta el extremo de identificar actos violentos de resistencia armada por invasión de territorio (en el mismo Irak pos Sadam o en la Palestina ocupada por los asentamientos judíos), con actos terroristas. Denominando, al mismo tiempo, legítima defensa los ataques indiscriminados al País agredido; cuando en realidad se trata, de auténtico terrorismo de Estado. Pero ese es otro capítulo de la historia. Porque lo que me interesa destacar aquí y ahora, es que Canarias ha sido objeto históricamente por parte de la metrópoli, de esa estrategia mediática -que no es nueva en algunos aspectos-, inclusive desde tiempos de la conquista para seguir, como una constante, en el proceso de colonización de nuestro Archipiélago, hasta hoy en día. Desde argumentos tan peregrinos como los de Alonso de Cartagena, por ejemplo, para justificar la pertenencia de Canarias al Rey de Castilla; o al eufemismo de identificar Península con España -aspecto que puede parecer anecdótico, pero que no lo es en absoluto-, en una estrategia que consiste en mezclar la semántica y el subterfugio para consolidar, artificialmente, una cohesión del territorio nacional, que no se sostiene ante los más incipientes conocimientos de geografía.

Es evidente que cuando se alude a la Península, no es una referencia a la península Escandinava o a la península del Yucatán; sino una clara alusión a la Península Ibérica: pero se hace abstracción de Portugal, para evitar decir España, que es de lo que se trata. De esta forma, todos somos españoles, como lo eran los naturales de las otras provincias (que hoy serían RUP): Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guinea Ecuatorial y el Sahara Occidental.

El asunto no es menor, ya que hay una corriente de opinión (convenientemente alimentada desde la metrópoli), y con la anuencia de algunos sectores de la sociedad canaria, que sigue negando, todavía, -a pesar de los mapas del tiempo que aparecen en TV.-, la africanidad geográfica del Archipiélago canario, obviando, de manera descarada, nuestra situación real.

Parece como si fuera una reminiscencia de mediterraneizar Canarias (como señalara Pérez Voituriez, Canarias ante el Derecho Internacional, 1982), a semejanza de los geógrafos de Franco que trasladaban, en un recuadro, a nuestras Islas al Sur de Baleares.

Esta corriente mediática ha llegado a mas, a buscar argumentos inconsistentes tales como la existencia de profundidades abisales que constituyen un muro de separación del vecino continente, o la de que siendo las Islas de origen volcánico y de surgimiento en siglos posterior al continente africano, nada tiene que ver geológicamente con África.

Es tal el cúmulo de patrañas, que la mediatización utiliza también a la clase política. En el País Vasco o Euzkadi, sin ir mas lejos, los constitucionalistas -como se denominan ellos mismos-, son los partidos de obediencia centralista, PP y PSOE, mientras que, por oposición, el PNV y otros no lo son, por ser nacionalistas.

Ello nos presenta un panorama en el que no solo estamos ante una auténtica perversión del lenguaje, sino, lo que es peor, ante una peligrosa escalada de confrontación entre nacionalismo español y nacionalismo periférico. Una situación que no se da en nuestro Archipiélago, donde el nacionalismo de CC, es, justamente, lo que le interesa a España; que ya puso en marcha todo el aparato del Estado en Canarias, y fuera de ella (ahí está el vil atentado a Cubillo en Argel), para borrar del mapa, aparentemente, al verdadero nacionalismo canario. Porque no se olvide que nacionalismo viene de nación, no de otra cosa.

Toda esta situación kafkiana tiene su origen en un término equívoco acuñado en la Constitución española: nacionalidades que, en mi opinión, es una perversión jurídica del concepto de nacionalismo, y constituye una deleznable aberración política.

En Canarias, toda esta parafernalia jurídico - político - administrativa y económica, propia de un sistema neo-colonial, adquiere niveles insoportables y tiene una sola explicación: España no quiere perder, bajo ningún concepto, lo único que le queda del Imperio, más abajo de las Columnas de Hércules La cuestión es, hasta cuando aguantaremos los canarios este anacrónico y, a todas luces, injusto status que nos han impuesto. Porque el famoso refrán de que "no hay mal que dure cien años, ni nadie que lo resista", ha quedado desfasado en el tiempo: ˇya llevamos mas de 500!

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