Pobreza, Ambiente y Desarrollo
De los cuatrocientos millones de latinoamericanos, más de la mitad no pueden satisfacer sus necesidades básicas y más de cien millones son indigentes que no logran ni siquiera darle de comer a sus hijos.
En los últimos años no sólo aumentó la cantidad de pobres, sino que hubo además un claro crecimiento de la indigencia y de la miseria extrema, lo que significa que no tienen ingresos para consumir el mínimo de proteínas y calorías necesarias para vivir. Y que no pueden ver para sus hijos otro futuro que seguir siendo pobres.
A esta realidad insostenible se agrega como agravante la inequidad social y la ostentación de la riqueza, ya que en América Latina el diez por ciento del segmento mas rico recibe un ingreso medio 20 veces superior al que recibe el cuarenta por ciento mas pobre y el mensaje que se hace llegar permanentemente a la gente es el que equipara el éxito individual con la posesión de bienes y marcas que solo se pueden obtener con ingresos fuera del alcance de mas de la mitad de la población.
La mayoría de estos pobres vive en poblaciones de emergencia en la periferia de las metrópolis, en barrios precarios y terribles condiciones de hacinamiento. O en el campo, pero sin acceso a la tierra o medios para cultivarla. También en zonas que han quedado desvastadas por la deforestación, los monocultivos, las industrias extractivas o las guerras.
Las desigualdades producidas por la concentración de la riqueza o su falta de redistribución equitativa no dejan de aumentar y se reflejan en cualquier tema que miremos. Ya hoy mil cuatrocientos millones de personas en el mundo carecen de acceso al agua potable, entre ellas ochenta millones de latinoamericanos, y mientras que un habitante del Sur consume un promedio de 20 litros de agua por día, menos de la mitad del mínimo estimado como imprescindible, un italiano consume 213 y un estadounidense mas de 600.
Además los países del Norte hacen oídos sordos a la dramática situación socioambiental que vive el planeta por no reducir sus niveles de consumo y llevar una calidad de vida ficticia y los del Sur son los que pagan las consecuencias.
Cuando los ecologistas observamos un ecosistema decimos que no es una mera colección de especies, sino una comunidad, es decir que sus miembros dependen unos de otros y están interconectados en una vasta red de relaciones. Para que esta comunidad se perpetúe, las relaciones que mantiene entre sí, deben ser sustentables. Y lo que hace que una comunidad sea sustentable no es el crecimiento económico, el desarrollo, la participación en el mercado o la ventaja competitiva, sino que esta esté concebida de tal manera que sus formas de vida, negocios, economía, estructuras físicas y tecnológicas no interfieran con el potencial de la naturaleza de sustentar la vida.
Hay una trama de relaciones entre los componentes básicos de un organismo vivo, así como hay una trama de relaciones entre las plantas, los animales y los microorganismos de un ecosistema o entre las personas de una comunidad. Este sistema socioeconómico en que vivimos, con su formas de producción en gran escala, pérdida de la diversidad, acumulación de capitales, megaproyectos y el lucro de unos pocos como único objetivo, potenciado además por la globalización, ha tornado insustentable nuestra comunidad planetaria.
No estamos en contra del desarrollo, pero decimos que este debe ser ambientalmente sustentado. Y que hay que cambiar nuestras formas de vida, las formas de propiedad de la tierra, la distribución de la riqueza, los parámetros de consumo. Y que cada comunidad debe ver las formas concretas de producir este cambio para que nuestra comunidad planetaria sea sustentable y todos los habitantes de este planeta podamos tener una vida digna.
AMBIENTE Y SOCIEDAD ISSN 1668-3145
Publicación semanal y gratuita de EcoPortal.net
AÑO 5 Nš 163, JUNIO 16 DE 2004
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