La política como negocio
JUAN JESUS AYALA
Se hace difícil entender que esto sea así. Pero así es. Por lo que es necesario remarcar que uno de los principios fundamentales de la política es la creatividad del pensamiento para ponerlo al servicio de la colectividad. Y esta creatividad debe llegar amparada en una idea determinada sobre la concepción del mundo.
De ahí que la dicotomía entre derecha e izquierda esté presente con más o menos acierto y profundidad ideológica y con una visión diferente de como hacer llegar los posibles disfrutes a una sociedad que esta instalada en las carencias o silencios.
Pero cuando asoma el rejo del negocio confundido con la política, cuando lo que prevalece son acuerdos de ir por casa desarropados de la más mínima ideología y vadazos en lo que se debe conseguir, irrumpiendo el escándalo conceptual de lo que se entiende por política, que en parte es ser audaz y adelantarse a los acontecimientos, entonces nos encontraremos con lo ramplón y desnaturalizado y con el vacío y la incoherencia como testigos mudos de lo que hay.
Entender la política de la misma manera que se traza una carretera o un aeropuerto, que por otra parte pueden ser hasta necesarios, es eludir el posicionamiento y las circunstancias históricas de un determinado territorio, como puede ser el canario, que desconoce muchos porqués en referencia a un diálogo nunca mantenido con el estado español y menos aún con la Unión Europea.
Hay organizaciones estatales donde en su diseño ideológico se refleja alguna que otra cuestión que concierne al Archipiélago, como hay otras, pseudonacionalistas, que, carentes de ropaje ideológico alguno y con una debilidad de programa político para estas Islas, mantienen y sin ruborizarse que en las próximas elecciones si hubiera necesidad de pacto, lo harán tanto con uno como con otro, tanto con el PP como con el PSOE.
Significar la política como negocio no es bueno. Es un parche mercanchiftista que con el transcurrir del tiempo se volverá en contra. Y no de los que negocian, sino de los que expectantes esperan, por lo que el territorio cuando el negocio fracase quedará solo en manos del destino y con una hipoteca insalvable, y de la noche a la mañana los cantos de sirena se transformarán en ruidos desagradables y ensordecedores. Además, todo un pueblo se quedará a los pies de los caballos sin tener un rumbo definido e instalado en el estupor. Estupor que, por otra parte, puede funcionar como acicate para clarificar posiciones de quien es quien.
La política, desde el griego Pericles hasta nuestros días, ha tenido una connotación clara, no sólo de gestión sino de todo un cuerpo que permita desbrozar las ideas y que ellas alumbren los caminos a veces angostos y tortuosos por donde caminan las sociedades. Las políticas se hacen en el transcurrir del tiempo y por la ayuda de los que acuden limpiamente hacia su encuentro. Pero sucede a veces que esto no es así y lo que aparece es el retorcimiento y la vocinglería facilona.
Esperemos que los beneficiarios de la política despierten y den con ella y los que se la toman como negocio puedan comprobar que lo poco conseguible algún día se difuminará y creará frustración cuando este se termine y deje de ser.
De cualquier manera, y ya en términos generales, habrá que tender al rescate de la política por sí misma. Que no se diga que tareas fundamentales, cual es la filosofía política, tenga que desaparecer porque apenas sí existe algo que someter a análisis y que esté dentro de la conceptualización a estudiar. Y no es por nada. Simplemente por mera supervivencia y para que no sea el adocenamiento lo que nos defina, no ya como personas sino como seres indeterminados.