ENCUENTRO CANARIO POR LA PAZ Y LA SOLIDARIDAD

Aportación de Verónica Alemán Gutiérrez

Me voy a permitir el lujo de iniciar esta reflexión sobre las tareas inmediatas en torno a la paz y la solidaridad recordando la existencia de la lucha de clases y su importancia en la construcción de procesos políticos. En primer lugar, porque considero que es una de las formas efectivas de abordar esta cuestión y también porque creo que señalarla permite alumbrar elementos que, por negación sistemática desde hace años, están quedando ocultos o desdibujados. Además, pienso que va siendo hora de desempolvar conceptos y de mostrarse abiertamente, sin subterfugios. Es una actitud que considero necesaria en esta nueva etapa de confrontación. Especialmente, me parece muy necesaria para la izquierda de Canarias.

El panorama internacional al que nos enfrentamos es el de una profunda crisis económica y política bajo el dominio imperial absoluto (político, militar y económico) de Estados Unidos.

La caracterización de la situación actual como crisis no conduce, en mi caso, a una especie de optimismo histórico con el que podría anunciarse la ansiada autodestrucción del sistema. Al contrario, subrayo la capacidad del capitalismo, del imperialismo, para continuar reconstruyéndose a partir de sus múltiples y sucesivas contradicciones. Sin embargo y, afortunadamente, la historia no está escrita y esos folios en blanco del futuro más inmediato son los que se nos ofrecen como una oportunidad para escribirlos en la partitura de la lucha de clases, de forma consciente y decidida. No olvido las luchas nacionales, dada la complejidad de los fenómenos y el ámbito mundial en el que se da esta confrontación, marcado por las contradicciones entre los Estados y en el seno de éstos.

El carácter económico de la crisis es evidente: ni a los más ingenuos escapa el hecho de que detrás de los países que Estados Unidos señala como objetivos en su cruzada antiterrorista –y los que continuará señalando, que ya podemos prever- lo que se encuentra es un afán de control directo sobre recursos estratégicos, así como un intento de reforzar la industria armamentista, concebida como motor para la recuperación.

Igualmente es visible el deterioro de las condiciones del mercado laboral y el aumento de los precios en la mayor parte del llamado "mundo occidental", sin olvidar que la cara que ha adoptado la crisis en Argentina forma parte de las previsiones a las que pueden verse abocados países del entorno latinoamericano y, más adelante, la propia Europa. Llamamos crisis a este empeoramiento de las condiciones económicas y sociales de las mayorías porque a éstas las coloca en situación crítica. Sin embargo, debemos recordar que esta consecuencia va asociada al enriquecimiento feroz de las grandes empresas y grupos financieros internacionales y está contemplada sin tapujos entre sus planes.

El endurecimiento previsible de las condiciones de vida de todos los ciudadanos debe tenerse en cuenta como un factor decisivo a la hora de generar una respuesta crítica y a la hora de definir nuestros retos, nuestros objetivos y nuestros pasos.

Creo que este factor está siendo tenido en cuenta por parte de los diseñadores de la estrategia imperial.

Pero la crisis, sobre todo, es política, porque la definición del modelo pasa por una concepción política y su implementación tiene a su vez consecuencias que se expresan políticamente. Además, sólo en la intervención y la acción política podremos ser capaces de enfrentarla.

La potencia imperial ha decidido pasar a la guerra para lanzarse a la consecución inmediata de sus objetivos. La iniciativa no es espontánea y, por supuesto, tampoco es la reacción al supuesto ataque terrorista a la capital del imperio. Al contrario, la opción de la guerra se ha ido fraguando con los años y es posible, en primer lugar, tras la derrota del bloque comunista a finales de los años 80. La anulación del mínimo margen de acción de la ONU y la ampliación de los horizontes de la OTAN hacen el resto y, por si hacía falta algo más, Estados Unidos cuenta en Europa con unos aliados sumisos e incapaces.

Pero la guerra no se da sólo entre Estados Unidos y los países sobre los que pretende ejercer de forma violenta su rapiña imperialista, entre EE UU y sus potenciales rivales que hoy son sus aliados de Europa y Japón, o entre todos éstos y los llamados países del Tercer Mundo. La guerra se da también en el seno de cada nación y también se dirige contra los más débiles de cada sociedad.

Trabajadores y desempleados, inmigrantes y marginados, todos aquellos que no sean capaces de "adaptarse a las leyes del mercado", según afirma el tópico, o que son susceptibles de no adaptarse en el futuro –como ciertos sectores de las clases medias- están incluidos en una lista de enemigos potenciales. Porque quienes diseñan la guerra saben cuáles son los planes económicos y los resultados que se espera de ellos: mayor concentración de la riqueza, con el consiguiente debilitamiento de los sectores medios y la generación creciente de excluidos.

La guerra, en todos los niveles, en su aspecto imperialista-global y en sus capítulos nacionales, adopta la forma de lucha contra el terrorismo. El programa antiterrorista no es otra cosa que una amenaza abierta a la democracia, entendida como un espacio político en el que cabe, al menos, la expresión pública de la discrepancia, aunque nunca la construcción de una alternativa real e integral al sistema.

Tampoco esta amenaza es nueva: igual que los planes belicistas, no está improvisada y se define como previsión ante posibles resistencias al deterioro económico y social derivado de la crisis económica. Igual que en Argentina se contempla abiertamente la preparación de un golpe de estado "civil" menos cruento que los anteriores en el que las elites políticas contarían con el apoyo de los militares para eliminar a los piqueteros -los desempleados organizados-, para nuestras sociedades se prepara a la luz pública leyes que restringen los derechos conquistados recientemente, se fortalecen los cuerpos policiales y a través de los medios de comunicación se crea un ambiente subjetivo con el que se autoriza y aplaude los planes represivos, al tiempo que se estigmatiza a las propuestas alternativas y sus portavoces.

Ante esta situación, la izquierda se encuentra en una encrucijada: sobrevivientes a la travesía del desierto de los años 90, las organizaciones de izquierda hoy están fragmentadas y debilitadas y aún no han superado del todo –aunque se ha avanzado mucho- las prácticas sectarias de otras épocas. El primer reto para la izquierda consiste, a mi juicio, en perder el miedo a ser acusado de colocarse "fuera del sistema" y asumir definitivamente una posición beligerante ante él. Una vez superado este temor, el desafío es sumar, dar calidad a la participación militante, mejorar la organización y ser capaz de actuar unitariamente.

Cuando hablamos de este panorama, no debemos olvidar que Canarias se encuentra en la periferia de Europa: integrada en la Unión Europea, los años de las vacas gordas asociados a las ayudas europeas ya se acabaron, o acabarán oficialmente en el año 2006. En poco tiempo, las Islas pueden enfrentarse al colapso de su modelo económico, lo que no impedirá que Canarias siga ofreciendo a Europa el único activo que interesa a la Unión: su posición geoestratégica. El intento de rentabilizar este valor se evidencia en la continuación de los planes de militarización del Archipiélago (patentes en el proyecto de radar en Malpaso) y en el aumento de las maniobras militares en las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

No se debe olvidar tampoco el carácter de las fuerzas políticas de peso en Canarias. Coalición Canaria se caracteriza por su restringida y localista visión, por su servilismo miope y por su único interés en conservar su por ahora controlada parcela de poder, que aporta a muchos de sus dirigentes importantes réditos políticos y económicos. El servilismo de nuestra clase dirigente -en la que debemos recordar la participación de destacados ex izquierdistas cuyo astronómico desplazamiento ha desmoralizado y desmovilizado a muchos- es una grave amenaza para la población de Canarias.

Acostumbrados a tocar teclas muy engrasadas para conservar el poder, los políticos de Coalición Canaria confían en su eficacia para mantener su hasta ahora rentable política de nadar y guardar la ropa: declaraciones demagógicas para la galería y actuación alineada con los intereses de los más poderosos en un plano de la realidad ocultado por los medios de comunicación locales.

Las versiones locales del PP y el PSOE no son más que correas de transmisión de los intereses que defienden sus partidos en el ámbito estatal, totalmente identificados con el sistema y unidos por su intención de no transformarlo a favor de las mayorías.

Ante estas perspectivas, las tareas inmediatas para el movimiento por la paz y la solidaridad en Canarias son las siguientes:

  1. Responder a la guerra contra Irak y el mundo musulmán en general, de forma coordinada en el Archipiélago y con otras expresiones del movimiento pacifista internacional.
  2. No olvidar que la guerra imperial global incluye varios frentes y entre ellos se encuentran, de forma destacada, Colombia y Venezuela y probablemente también Cuba y Brasil. Por tanto, actuar en denuncia del Plan Colombia y de los intereses sobre Venezuela, que se puede ver dirigida hacia una guerra "civil".
  3. Denunciar e impedir la militarización creciente del Archipiélago, con movilizaciones en contra del radar de Malpaso y las maniobras de la OTAN.
  4. Coordinar acciones en defensa de las libertades políticas y los derechos individuales y colectivos.

Aparte de estos objetivos concretos, la clave está en cómo se llega a alcanzarlos. Se trataría de hacerlo de la siguiente manera:

  1. De forma unitaria entre todas las organizaciones. Esta condición esencial debe llevarse más allá de lo que es habitual en las prácticas actuales. Es decir, se requiere un compromiso efectivo en las propuestas de los otros, una participación real de las organizaciones en su conjunto, superando las presencias limitadas a través de representantes o delegados y, sobre todo, la construcción de una agenda común e incluyente de actuaciones.
  2. Actuando con visión estratégica, es decir, con la vista puesta en la construcción y consolidación de las organizaciones y del movimiento por la paz y la solidaridad, con la intención última de sumar, mejorar el compromiso militante y fortalecernos todos.
  3. Sumando la mayor cantidad posible de apoyos, no sólo creando nuevos activistas, sino además recuperando a antiguos activistas desmovilizados.
  4. Creando un espacio común de comunicación alternativa.

Petras dice que, ante esta situación, "las respuestas dependerán del grado de conciencia de clase y de conciencia nacional, expresado a través de la intervención política". Es decir, que la respuesta a los planes bélicos del Imperio depende también de la cantidad de personas que seamos capaces de sumar y del nivel de organización que alcancemos.