Canarias7
, 21 septiembre 2003El 'potro' canario de Gadaffi
El viaje de Aznar a Libia reproduce otro de don Juan de Borbón hace 25 años. El Conde de Barcelona cruzó el Mediterráneo con la misión de convencer al líder libio de la españolidad de las Islas Canarias
FEDERICO UTRERA
Madrid
Aeropuerto de Trípoli, 10.00 horas de la mañana. Un hombre maduro, con aspecto jovial y fuerte acento español baja apresurado las escalerillas de un Mystere procedente de Palma de Mallorca.Un ancla tatuada en el brazo le delata. No es José María Aznar, el presidente del Gobierno que ha visitado esta semana la capital de Libia en viaje oficial sino don Juan de Borbón, padre del rey Juan Carlos I. Los dos momentos se superponen en el tiempo, ha sido una coincidencia del destino: 25 años antes, el Conde de Barcelona se desplazaba hasta la orilla africana del Mediterráneo con una misión diplomática oficiosa, sigilosa y delicada: convencer a Muammar el Gadaffi de la españolidad de las Islas Canarias.
A muchos habrá extrañado el encuentro de Aznar con Gadaffi, hasta hace poco considerado uno de los dictadores más dogmáticos del Tercer Mundo y otro de los demonios preferidos de Estados Unidos, junto al irakí Sadam Hussein y el norcoreano Kim Yong II. Pero simplemente el todavía presidente del PP ha hecho un gesto diplomático al que no será ajeno George Bush y que se produce tras aceptar el régimen libio el pago de indemnizaciones a las víctimas del terrorismo de los años ochenta, y con ello su gradual inserción en la escena económica y diplomática mundial tras el embargo a que fue sometido el país. En aquellos años de plomo, Gadaffi se permitió incluso jugar con la pertenencia a España del Archipiélago y convirtió este asunto en un potro de tortura para las Islas y el Gobierno español. Las fotografías de ahora, un cuarto de siglo después, muestran a un dirigente envejecido y domado, que además regala caballos a sus huéspedes con nombres tan legendarios como lo fuera su propia fama: El Rayo del Líder.
Prevención
El Conde de Barcelona, viejo conocido de Gadaffi por sus idénticas pasiones marineras, no recibió ningún obsequio tras su misión, que estaba relacionada con la cumbre que se celebraría en Trípoli por la entonces poderosa Organización para la Unidad Africana (OUA), hoy reducida a cenizas y reconvertida en Unidad Africana (UA). El tiempo histórico era muy diferente: España salía pobre y débil de una dictadura y el independentista Antonio Cubillo residía en Argel jactandose de que la OUA había decidido suministrarle armas y dinero. «Hasta Gadaffi apoya al MPAIAC», presumió ante un periodista, confiado en que la diplomacia argelina del presidente Bumedián estaba hilando la cuestión. La indiscreción movilizó antes a los servicios secretos españoles que al Ministerio de Asuntos Exteriores.
Don Juan ya había ayudado a su hijo en otras misiones conflictivas, acudiendo a Rabat tras la Marcha Verde y la descolonización del Sáhara. Esta vez se trataba de prevenir y no actuar ante hechos consumados.
La visita a la jaima que alojaba a Gadaffi duró hora y media y la Oficina de Información Diplomática (OID) creía que el resultado no podía ser más satisfactorio: «Es una llamada de atención a un país que se dice amigo sobre la cuestión canaria». Libia se había alineado hasta ese momento con Argelia en casi todas las votaciones de la OUA sobre Canarias favorables a su segregación del resto de España y Asuntos Exteriores quería desactivar el dossier canario. Para ello, había advertido a todos sus embajadores en el mundo arabe y africano que transmitieran a sus Gobiernos que un apoyo explícito al MPAIAC provocaría el reconocimiento de Israel y la hostilidad española hacia la causa palestina. Pedro López Aguirrebengoa, entonces director general para Asuntos de Africa, había dado su apoyo en la ONU a la reciente descolonización de Lesotho, Yibuti, Mozambique y Angola como gesto conciliador, pero eso apenas garantizaba nada. La situación, de hecho, se complicó. Cubillo desembarcó en Trípoli y pudo intervenir con sus conocidas soflamas ante el Comité de Liberación, aunque sólo registró el apoyo explícito de Somalia y el asentimiento de algunos más.
Pronunciamiento
El líder independentista no había sido invitado a la cena oficial ofrecida a los jefes de delegación y sí en cambio el embajador español en Libia, Juan Andrada. Pero Gadaffi calentó el ambiente ante la asamblea, pese a sus gestos y promesas, y viró el resultado: «Canarias, las Azores y la isla de Reunión deben ser liberadas ya del colonialismo europeo. Hay que denunciar en este foro las tentaciones abyectas de los Gobiernos europeos que tratan de dictar sus designios a los africanos», dijo el militar libio con tono incendiario. El lobo se había quitado la caperuza y dejaba a don Juan a los pies de los caballos. Y aunque Egipto se retiró de la Conferencia y ésta amenazaba con estallar, el dossier Canarias pasó así al Comité de Ministros de Exteriores, estadio previo a la reunión de jefes de Estado. Bongo, presidente de Gabón y de la OUA, se defendía diciendo que sólo podía garantizar el voto favorable a España de su pequeño país, pero ni siquiera eso se produjo. El telegrama cifrado del embajador Andrada confirmó posteriormente los resultados del debate entre los ministros africanos. Adolfo Suárez y su canciller, Marcelino Oreja, elaboraban en Moncloa la nota de repulsa que la OID distribuiría a la prensa española e internacional.
En aquella época, UCD y PSOE andaban tan a la gresca que ambos partidos eran incapaces de ponerse de acuerdo siquiera para dirigir las grandes líneas de la política exterior, algo parecido a lo que todavía ocurre hoy. «Que diría Aznar si quien visitase a Gadaffi fuera yo», exclamó esta semana con ironía el líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. En esta ocasión, al menos, no se han producido las críticas que desde la oposición ocasionaron los sucesos de Trípoli. Algo se ha avanzado.