El precio de la civilización
Ignacio Reyes García
Desde los años finales del siglo XI, la Europa cristiana organizó las primeras expediciones de saqueo colonial que alimentaron el crecimiento del capitalismo. Durante más de ciento cincuenta años, la Iglesia católica patrocinó las santas cruzadas que devastaron Oriente Medio. Estas expediciones se efectuaban por medio de sociedades mercantiles de carácter privado. Usureros y banqueros, comerciantes y armadores de buques reunían el capital necesario para acometer alguna empresa concreta, disolviéndose una vez que ésta finalizaba. La captura de esclavos, la obtención de productos exóticos o escasos en Europa, la ocupación de tierras, etc. proporcionaban un objetivo suculento. Sus ganancias empujaron y fortalecieron un crecimiento capitalista sin parangón en otras sociedades.
Pero, sin duda, el momento más destacado de este proceso se alcanza con la expansión americana, que comienza a finales del siglo XV. La explotación colonial de América indujo la aceleración y el refinamiento de los métodos económicos, además de aportar un ingente volumen de recursos (plata, maíz, etc.) al crecimiento de las burguesías europeas y a la construcción de sus Estados nacionales.
En realidad, aquél capital usurario y comercial que había empezado a prosperar en Europa durante la Edad Media, se transfiguró a través del régimen colonial en sociedades mercantiles, primero, y en sociedades anónimas durante el siglo XVII. Porque esta concentración del capital mercantil no hubiera sido posible sin la explotación sistemática de las colonias.
Así pues, el naciente capitalismo creció en la medida que iba saqueando el resto del mundo, creció sobre el expolio de las civilizaciones Azteca, Inca, del Sudán Occidental, de la India, Arabia, África del Norte, etc. En México Central, por ejemplo, de una población cifrada en torno a los 25 millones de amerindios en 1519 quedaban poco más de un millón en 1605. El trabajo obligatorio en las minas (mitas), la esclavitud, la explotación intensiva de los recursos, etc. frenó violentamente el progreso de las comunidades indígenas y las condenó a un atraso permanente.
La movilización de esta inmensa cantidad de recursos, invertida en la organización capitalista de la producción, impulsó a su vez la revolución industrial y el desarrollo económico y social en Europa. Gran Bretaña, cuna del capitalismo, obtuvo entre 1688 y finales del siglo XVIII un incremento anual de su producto nacional bruto (PNB) del 1,20 % como media. Esta impresionante expansión colonial generalizó la mundialización de las relaciones económicas y le imprimió a su evolución un sello definitivo: la desigualdad. Materias primas y brazos esclavos han surtido desde las colonias las necesidades del mercado europeo y del crecimiento de la gran industria capitalista.
En cambio, todo el control de las fuerzas y de los medios sociales empleados para producir dependía en la periferia del poder colonial. Un dominio que se practicó mediante dos mecanismos principales. De una parte, apoderándose de las fuentes de producción y de los excedentes, para lo que inmovilizó bajo su propiedad todos los recursos económicos importantes. Y, de otro lado, ejerciendo una intervención monopólica sobre el comercio y la inversión, fundada en la extracción de materias primas y en la sobreexplotación de los trabajadores. Un proceso para el que aplicó tres procedimientos fundamentales: la introducción o fijación de cultivos obligatorios (destinados a la exportación); la inversión privilegiada en operaciones que asociaban un monopolio colonial; y la obligatoriedad de importar bienes de consumo manufacturados y de capital desde las metrópolis.
Éstas han sido durante siglos las condiciones que han regido las relaciones de intercambio internacional, las condiciones sobre las que se ha edificado el desarrollo desigual del capitalismo a escala mundial. Primero se repartieron el mundo las grandes compañías comerciales, luego las grandes potencias europeas. Cuando ese capital mercantil estimuló con sus beneficios y su expansión colonial el progreso de la industria, la burguesía obtuvo la suficiente fuerza para asaltar el poder político en Europa, construir fuertes Estados y atacar una nueva fase de expansión, ahora protagonizada como capital financiero. Valga de mero ejemplo ilustrativo un dato muy general: de 1983 a 1990, el balance económico anual entre el centro y la periferia del capitalismo fue positivo para el centro en una cifra que osciló entre 25 y 40 mil millones de dólares.
Desigualdades sectoriales de productividad, desarticulación del sistema económico, absoluto dominio exterior (a través de una neta dependencia comercial y financiera) y ausencia de un mercado interior caracterizan a las nuevas colonias. Las burguesías locales acumulan en la intermediación (compra-venta) y escasamente en las actividades productivas. Porque varios factores promocionan la reproducción del régimen de importaciones: el precario desarrollo de la producción agrícola básica; el excesivo crecimiento de los gastos de administración; la transformación de las estructuras y de la distribución del ingreso (entrando en parámetros consumistas); y el insuficiente desarrollo industrial, estructuralmente desequilibrado y dependiente de la importación de capitales extranjeros.
A nadie se le oculta ya que la instauración de la miseria en una parte del mundo ha contribuido a la prosperidad de la «civilización occidental». Pero resulta dramática la obstinación en el desatino, aunque se haya transmutado la apariencia parasitaria del antiguo colonialismo en desarrollo industrial y comercial para las colonias. Porque son estos «países en vías de desarrollo» quienes pagan la instalación de esas empresas, generalmente extranjeras, que desvían todos sus beneficios hacia el exterior. Como contrapartida, no suelen dejar otra cosa que elevados costes ambientales y algún testaferro encumbrado hasta los puestos de mando del poder local.
[Publicado en Liberación, 28 de noviembre de 2001].