PÚLPITOS Y ESPADAS

Ignacio Reyes García

El pueblo y su cultura no fueron descubiertos por la historiografía europea hasta las postrimerías del siglo XVIII. Un predicador alemán, el escritor y filósofo Johann G. von Herder, acuñó por entonces la noción de "cultura popular". Se anunciaba ya la reacción romántica contra el espíritu racionalista de la ilustración. Pero además de la revuelta intelectual, se abría también una causa política: la búsqueda de una legitimación ideológica para los movimientos de liberación nacional que hervían en Europa.

Ninguna cultura popular se desenvuelve al margen de las tensiones sociales; todas viven los antagonismos y las influencias recíprocas que se generan en una comunidad. Ninguna fondea su personalidad en tradiciones cerradas sobre valores inmutables; todas gravitan en cierto universo de relaciones de poder y dominación social. Luchas, resistencias, inhibiciones y cambios jalonan su trayectoria. Precisamente ahí cultiva su verdadera naturaleza: en la textura de los vínculos que define a través del conflicto, en las cualidades históricas que opone a la cultura dominante.

Otra cosa son los postulados integristas de cualquier signo. Desde la exaltación del endemismo al difusionismo más recóndito, la manipulación simbólica ignora los escrúpulos. Más allá de las diferencias ancladas o de las modas uniformes, respiran a duras penas la creatividad y la memoria de las clases sometidas. Pero nada hay de absoluto en la existencia de las sociedades.

La cultura del pueblo surge de los modos de vida local y se transforma con sus cambios. El maquinismo, la exigencia de cualificación, el desarrollo del comercio, la institución de un nuevo orden social tenía por fuerza que modificar sus formas y sus contenidos. Pero lejos de ir perdiendo virtualidad de manera paulatina, sus prácticas culturales fueron desalojadas de la vida popular a través de un proceso notoriamente compulsivo.

La hegemonía del capital en la sociedad requería expropiar dos categorías de bienes a la población trabajadora: sus prácticas y recursos materiales, de una parte, y sus tradiciones culturales, por supuesto. Así, se creaba una fuerza de trabajo despojada y apta para ser reeducada, siempre en función de las necesidades del régimen naciente. Artesanos y campesinos fueron sus víctimas en Europa; poblaciones enteras en los países que sufrieron la expansión colonial.

La resistencia a esta brusca transición hacia la modernidad afincó la cultura popular en cierto conservadurismo. Una opción tenida con frecuencia por anacrónica, en la medida que no resignaba su identidad al monopolio de las pujantes factorías culturales (convenientemente asistidas por algunas instituciones públicas). Un tradicionalismo que agoniza en la vigilia circular de sus fetiches, digerido por la competencia y el mercado.

Hoy, las formas comerciales de la cultura popular lindan sin embozo con la propaganda. Y acaso su eficacia, su masivo consumo, se debe también a un lenguaje elemental que recrea comportamientos y experiencias muy cercanas al pueblo. Manipulación e identificación componen su rostro más vigente.

Cualquier sociedad se funda sobre unos valores, sobre una interpretación de la realidad. Se precisa disponer de recursos morales e intelectuales para revisar la vida y erigir mejores alternativas. Un propósito extraordinariamente complejo en nuestros días, cuando el capital ha refinado hasta límites insospechados aquella vieja sentencia del rey Carlos I de Inglaterra: "En tiempo de paz al pueblo se le gobierna más con el púlpito que con la espada".

La revolución tecnológica está modificando por completo la estructura de las sociedades. El campesinado y la cultura productiva, por ejemplo, desaparecen ante el empuje de la especulación y los servicios. El afán de lucro o el individualismo han adquirido ya la condición de valores "naturales y universales". Y mientras, la memoria oficial parcela el pasado que conoce su origen y, en unos casos, lo aísla y, en otros, lo vende en envases centenarios.

Comunidades tan frágiles como la canaria apenas resisten el nuevo proceso de aculturación. Diversas instancias confinan en la prehistoria o en el olvido cuanto de distintivo subsiste en el pueblo. Sólo el silencio recompensa hoy la lucha popular por la democracia durante la Segunda República. O bien, un primitivismo fronterizo con la insuficiencia mental constituye la imagen común del mundo prehispánico. Ahí comienza y termina la cultura oficial: en intentar probar la incapacidad de la sociedad isleña para producir controles sobre las condiciones de su existencia.

¿Cuál es ahora la naturaleza de la lucha política y cultural? ¿Qué herramientas y estrategias renovadoras cabe oponer a la cultura dominante? ¿Cómo romper la inercia moral y material que se pertrecha en el subsidio, que crece en el consumismo, que vence en las clientelas?

El signo del pueblo habita en su facultad para crear y desarrollar fuerzas culturales democráticas. Su instrumento consiste en lo que Gramsci llamó "el espíritu de escisión, o sea, la progresiva conquista de la conciencia de la propia personalidad histórica". Un ejercicio que se opone a toda requisitoria de degradación humana, a toda opresión, explotación o injusticia. Y que se arma, popular e internacionalista, en la vindicación de la diversidad y no de la razón de Estado.

 

[Publicado en Liberación, 10-16 de septiembre de 1999].