PARA QUE TODO QUEDE TAL CUAL

Coincido con el príncipe de Salina en que somos colonia, en que no por ser libre parte de un libre Estado tenemos a nuestra disposición métodos de autogobierno creativos y enérgicos, y en que el sueño o el aplatanamiento tienen a parte de nuestro pueblo sin capacidad de reaccionar a la pasividad que la historia también nos ha inoculado a nosotros

Juan-Manuel García Ramos

Escribo con todos mis sentidos impregnados de los primeros azahares del naranjo cercano, con los brotes anuales a punto de reventar de la glicina azul-violácea y con la fragancia de los jazmines despiertos por estos días de lluvia esperada y sol reconfortante. Veo, con la nitidez del cielo de febrero recién descargado de agua, las flores color coral de la vieja y robusta bouganvilla y detecto los ajetreos de los mirlos entre las hojas de los árboles vecinos.

Y es, en especial, el aroma nupcial del azahar el que me traslada a otra isla literaria, la del príncipe Fabrizio Corbera, príncipe de Salina; esa Sicilia rural y profunda del siglo XIX en la que se desarrolla gran parte de una novela tan cálida y exótica como El gatopardo.

He recuperado la memoria de esa narración porque tan sólo buscaba una frase de uno de sus personajes, Tancredi Falconeri, el sobrino y el favorito del príncipe de Salina, comprometido con los nuevos tiempos que trae el desembarco de Giuseppe Garibaldi en Marsala y la derrota del borbón Francesco II en 1860 que da pie a la ansiada unidad italiana a través de la Casa de Saboya.

Buscaba una frase célebre ya y repetida casi hasta la saciedad, pero símbolo definitivo de una lectura cínica de la Historia.

Preocupado el aristócrata siciliano por el nuevo rumbo de los acontecimientos, me refiero al príncipe de Salina, ve cómo su sobrino predilecto se enrola en las tropas de los supuestos enemigos no sin antes aliviarlo de su perplejidad heráldica con esta afirmación: "

-Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?

Estos días de precampaña y ya de campaña electoral me he imaginado a los antiguos socios de gobierno, a Coalición Canaria y al Partido Popular, decirse al oído, para que no los oiga el electorado, algo parecido:

-Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie durante esta precampaña y esta campaña electoral. ¿Nos explicamos?

En estas elecciones generales el cinismo se apodera de los discursos políticos hasta límites insospechados, a pesar de que todos los comicios generan por lo general dosis torrenciales de demagogia.

Pero en el caso de las propuestas de Coalición Canaria, uno no puede menos que echarse las manos a la cabeza, pues lo que no se ha hecho en ocho años de complicidad gubernativa con el partido en el poder del gobierno del Estado, ni en once años de presidencia del gobierno de Canarias, se reclama ahora con una urgencia más que sospechosa, cual canto hipócrita que se solaza en contarse en voz alta sus propias mentiras con el beneplácito de su militancia y de sus simpatizantes, y con la ingenuidad de la ciudadanía en general, resignada a los llantos de sirenas varadas de tanto líder excitado en las tarimas de los mítines o en declaraciones públicas de todos los linajes.

Y como empecé estas reflexiones a través de las páginas de la novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, acaso no sea inútil traer hasta nuestro presente algunas otras frases de esa obra póstuma de un autor silencioso que tanto tuvo que decirle a su tiempo y a los tiempos posteriores.

Una vez que el nuevo régimen se instala en la Italia de 1860 y que los borbones son sustituidos por los saboyas, al príncipe de Salina la nueva administración le ofrece nombrarlo senador por su circunscripción, y éste no solo rechaza el cargo sino que reflexiona sobre la historia pasiva de la isla mediterránea: "Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos entonado… Desde hace dos mil quinientos años somos colonia. No lo digo lamentándome: la culpa es nuestra. Pero estamos cansados y también vacíos".

El pesimista análisis histórico del príncipe de Salina, es neutralizado por el burócrata que el nuevo poder político le envía con unas frases algo altisonantes: "Pero, de todos modos, esto ya se ha terminado. Ahora Sicilia no es ya tierra de conquista, sino libre parte de un libre Estado".

Y el príncipe de Salina responde todavía con mayor desánimo: "El sueño, querido Chevalley -así se llama el secretario de la prefectura de la circunscripción de Girgenti que va al encuentro del príncipe-, el sueño es lo que los sicilianos quieren, ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos".

¿No son todas estas apreciaciones de la Sicilia del XIX extrapolables a la historia desganada de las Islas Canarias?

No han sido veinticinco siglos de dominio exterior, pero sí han sido quinientos años de influencias foráneas de todo tipo sobre nuestro pueblo atlántico; somos, como la Sicilia de la novela de Lampedusa, libre parte de un libre Estado, pero las verdaderas decisiones sobre nuestro destino colectivo se toman fuera de nuestras fronteras físicas, y problemas como la inmigración, la inseguridad ciudadana, la ausencia de límites que nos digan dónde empieza la comunidad canaria y dónde termina, el expolio económico de multinacionales del comercio, de la banca, de los seguros, del turismo y de la construcción, que sacan sus beneficios de Canarias a las veinticuatro horas de obtenerlos y que establecen sus estrategias empresariales y laborales al margen de nuestros intereses, el derrumbe de nuestro patrimonio cultural y natural y la presión especuladora sobre nuestro territorio, y la orfandad laboral de tantos canarios en etapas de vacas gordas económicas, todos esos desajustes de nuestra convivencia y de nuestro supuesto bienestar, no hallan instrumentos propios para ser corregidos y enmendados desde un autogobierno fuerte y solvente ante los ciudadanos de las islas y ante el resto de los pueblos del mundo.

Por otra parte, el sueño ancestral que el príncipe de Salina critica a los isleños de su país mediterráneo, bien pudiera traducirse entre nosotros, isleños atlánticos, en el aplatanamiento que tradicionalmente se nos adjudica, aunque esa expresión y esa tara no provengan de nuestro archipiélago sino de la América de Colón. Lo mismo da.

Coincido con el príncipe de Salina en que somos colonia, en que no por ser libre parte de un libre Estado tenemos a nuestra disposición métodos de autogobierno creativos y enérgicos, y en que el sueño o el aplatanamiento tienen a parte de nuestro pueblo sin capacidad de reaccionar a la pasividad que la historia también nos ha inoculado a nosotros.

Percibo los perfumes de los primeros azahares del naranjo cercano y las fragancias de los jazmines y miro con melancolía las flores azul-violáceas de la glicina y el color coral de la bouganvilla florecida tardíamente este año, y hago el sano, aunque ingrato, ejercicio de comparar nuestra realidad política con la de la novela de Lampedusa. No difiere tanto la crónica de los pueblos.

¡Qué difícil resulta a veces despertar!