El necesario quinto poder
Ramón Moreno
Durante largos decenios, la prensa y los medios de comunicación, han sido, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de poderes. Así hemos visto que, en efecto, los tres poderes tradicionales -legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer errores. Sobre todo en los Estados autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.
Pero en los países democráticos pueden cometerse también graves abusos aunque las leyes sean votadas democráticamente, los Gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia sea, en teoría, independiente del ejecutivo. Y en este sentido, puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un inocente (como el célebre caso Dreyfus en Francia); que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población (como ha sucedido en los Estados Unidos, durante más de un siglo, respecto de los afro-norteamericanos y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud de la "Patriot Act"); que los Gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes "indocumentados" o los "sin papeles").
En un contexto democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación a menudo han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones a los derechos, sufriendo atentados, "desapariciones", asesinatos, como ocurre todavía en Guatemala, Colombia, Filipinas, Turquía, Pakistán y en otros lugares a lo largo y ancho del mundo.
Es por esta razón que durante mucho tiempo se habló del cuarto poder. Ese cuarto poder (recuérdese el fantástico trabajo de investigación del célebre periodista Bob Woodward, principal reportero del rotativo The Washington Post, que en 1972 destapó el famoso caso Watergate, que le costó la presidencia a Richard Nixon) era, en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas -como el caso citado-, aquel del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar y enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes. Era, como se ha dicho frecuentemente, la voz de los sin-voz.
Pero desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la mundialización liberal, este cuarto poder fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar como llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero, un capitalismo de la especulación, en suma. En esta etapa de la mundialización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.
El verdadero poder es actualmente detentado por un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales cuyo peso específico en los negocios del mundo resulta aveces más importante que el de los Gobiernos y los Estados. Ellos son los "nuevos amos del mundo" que se reúnen cada año en Pavos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y Organización Mundial del Comercio (OMC).
Es en este marco geoeconómico donde se produjo una metamorfosis decisiva en el campo de los medios comunicación masiva, en el corazón mismo de su textura industrial. Los medios masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, Internet), tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial.
Empresas gigantes como News Corp, Viacom, General Electric, Time Warner, Microsoft, Bertelman, Unite Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etcétera, tienen ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos. La "revolución digital" ha derribado las fronteras que antes separaban las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura e imagen. Permitió el surgimiento y el auge de Internet, que representa una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse, de distraerse.
Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar "grupos" para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la información y la comunicación. Estas tres esferas que antes eran autónomas y tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir una sola y única esfera ciclópea en cuyo seno resulta cada vez más difícil distinguir las actividades concernientes a la cultura de masas, la comunicación o la información. La mundialización, que es también la mundialización de los medios de comunicación masiva, de la comunicación y de la información, tiene, en este aspecto un gran peligro, porque en el supuesto caso que se constituyeran en el cuarto poder, éste se sumaría a los demás poderes existentes -político y económico- para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos.
Por eso es imprescindible el quinto poder. Un quinto poder que nos permita oponer una fuerza cívica a la nueva coalición dominante. La creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (Media Watch Global) es la clave para preservar la libertad de expresión y de pensamiento.
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