TORTURAS

Teodoro Santana

La tortura se ha practicado tanto a lo largo de la historia, que se ha convertido en una ciencia. Una ciencia nauseabunda, hecha sistemática por los nazis. Hay técnicas terribles, como la de la bolsa, que ni siquiera dejan huellas. Desde luego, caben algunas medidas básicas para impedir la práctica de la tortura. Acceso inmediato de todo detenido a un abogado, a un médico de su confianza y a información sobre su lugar de detención. Identificación de los presentes y grabación en vídeo de todos los interrogatorios policiales. Investigación inmediata e independiente de las denuncias.

En España, por ejemplo, no existen esas garantías, a pesar de las reiteradas y graves denuncias de las organizaciones de derechos humanos. Si eso ocurre en un país europeo con vitola democrática y en condiciones de paz, cabe imaginarse lo que ocurre en un país ocupado y en plena guerra de resistencia. Peor aún si ha sido invadido por quienes han desencadenado más de doscientas invasiones durante el siglo pasado. Por quienes han masacrado, gaseado, asesinado, violado, torturado y humillado a medio mundo. Tienen experiencia. Tienen práctica. Tienen metodología del horror. Por ejemplo, la recogida en el "Manual de Entrenamiento para la Explotación de Recursos Humanos", de 1983. O en las veinte directivas del Pentágono para torturar a los presos de Guantánamo.

Sólo la hipocresía hace que ahora la sociedad bienpensante occidental se rasgue las vestiduras ante unas fotos que no muestran lo peor. Que lo que ponen de manifiesto, en verdad, es la impunidad con que se ha torturado. Con que se sigue torturando. Es el recurso de los invasores contra una población que no los quiere. Los nazis andan de nuevo sueltos por el mundo. Claro que ya no enarbolan la cruz gamada. Ahora llevan barras y estrellas. O se fotografían sonrientes en las Azores. Podemos dejarlos irse de rositas, pero nosotros no podremos alegar que no sabíamos lo que pasaba.

Castigo a los culpables. A los verdaderos culpables: los que desencadenaron la guerra y el horror, o sea.

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