Por ahí viene la paz

Por María de Lourdes Santiago*

A menos de setenta y dos horas del momento anunciado para el reinicio de las maniobras en Vieques, el secretario de la Marina, Gordon England, presentó la certificación exigida por el Congreso para ordenar el cese de las prácticas militares en la Isla Nena en mayo próximo. Según la declaración del funcionario militar, se han identificado no uno, sino siete lugares que proveen condiciones de entrenamiento iguales o superiores a las de Vieques, que ha pasado de ser la "joya de la corona" al lugar de triste memoria para la milicia estadounidense, el escenario donde la fuerza moral de un pueblo derrotó la fuerza mortal de los que llegaron a suelo viequense a sembrar muerte y destrucción.

Para los que hemos estado al lado del pueblo viequense en su lucha por la paz, la emisión de la certificación confirma la efectividad del gran movimiento de resistencia pacífica que tras la muerte de David Sanes unió a tantos sectores en Puerto Rico. No se trata sólo de la apreciación de los que de una manera u otra participamos del proceso: la semana pasada un periódico reseñaba las declaraciones de Jeffrey Farrow, encargado bajo la presidencia de Clinton de manejar el tema de Puerto Rico, señalando como la causa primaria para la determinación de cese de las prácticas el impacto que produjo el año de Rubén Berríos al frente del campamento de desobediencia civil del PIP. Más aún, los memorandos suscritos por el Comandante de la Marina y el Jefe de Operaciones Navales -documentos que dan pie a la certificación firmada por England- no vacilan en acusar, con la amargura del grandullón derrotado, a las manifestaciones por la paz de Vieques y a los continuos actos de desobediencia civil como los responsables de esta partida forzada.

No es hora todavía, sin embargo, de rendirnos a la celebración. El júbilo que nos causa esta certificación llega acompañado de la indignación que produce la continuación del bombardeo, programado para ayer; de la insatisfacción con un acuerdo que no incluye la limpieza y devolución de los terrenos y de la cautela que nos impone la experiencia de estos pasados tres años y medio. Sabemos que la Marina no ha tenido empacho alguno en mentir, engañar y ocultar. Sabemos también que la tensa situación en Irak y Corea del Norte alimenta la ilusión de algunos de retomar Vieques como plaza de entrenamiento. Como ejemplo, tenemos al congresista James Inhofe, quien ha anunciado que no está conforme con la certificación y que continuará presionando para detener la salida de la Marina.

Por estas razones, no podemos en este momento crucial quitarle el guante de la cara a la Marina. Mientras escribo esta columna, un grupo de compañeros del Partido Independentista se prepara para entrar a la zona prohibida, en protesta por la reanudación del tiro. Esta ronda de desobediencia entraña un significado especialmente importante; al ofrendar su libertad (sobre todo cuando algunos celebran las indulgencias ganadas con escapularios ajenos) para hacerle frente a lo que quizás sea el último episodio de abusos contra el pueblo viequense, nuestros compañeros llevan de la forma más diáfana y dramática el mensaje de que con certificación o sin ella, la lucha no termina hasta que la Marina empaque sus cosas y se vaya.

Aun cuando cesen las prácticas, nos quedará la difícil tarea de encaminar un proceso que lleve a la evaluación de los daños ambientales y la reparación, en la medida posible, de los males causados. Como es de esperar, el interés del Gobierno en este tema es, por no decir inexistente, moderado -en realidad, poco falta para que le pidan disculpas a la Marina por tanto inconveniente-. Esto quiere decir que de la misma manera que sólo la presión política llevó a la Gobernadora a incluir los esfuerzos por lograr el fin del bombardeo en su programa electoral, la opinión pública y la militancia de los luchadores de siempre tienen que forzar el asunto de la limpieza en la agenda de esta administración y en la próxima campaña electoral.

Estamos en el camino hacia una gran victoria. Hemos alcanzado lo que parecía imposible. Con Vieques nació la convicción de que podemos lograr grandes cosas; este país pequeño y maltratado ha puesto a la Marina de la nación más poderosa a empacar sus maletas. Si esto ha sido así, no es porque, como dice el Comisionado Residente en su cartita de agradecimiento a Bush, se han respetado al fin los derechos civiles de un conjunto de ciudadanos americanos que ha pagado una altísima cuota de sangre en las guerras de los Estados Unidos. Ha sido porque en este episodio de "la suprema definición" de la que hablaba Albizu, fueron muchos los que entendieron que, confrontados los intereses de los estadounidenses y los puertorriqueños, la única respuesta decente era dar el todo por el todo para el bien de los nuestros. Vieques se convirtió en anatema para los sectores más reaccionarios y proamericanos -y en una carga confusa y pesada para los que se pasean entre ellos- porque marcó el baut izo de fuego de nuestra nacionalidad.

Hoy, que vemos asomarse con más claridad el día en que haya paz en Vieques, me llena de orgullo haber sido parte de la gesta que bajo el liderato de Rubén comenzamos hace casi cuatro años y en la que participaron tantos puertorriqueños de todas las ideologías y procedencias.

Como testimonio de la continuidad de esta lucha, están los compañeros que en estas maniobras han violado la ley del imperio, en cumplimiento con la ley de la patria. Por ahí llega la paz, y ellos, en Vieques, han estado en el mejor lugar para recibirla.

*Vicepresidenta Partido Independentista Puertorriqueño