VIET-RAK

TEODORO SANTANA

Es lo que pasa cuando te metes en una guerra: te manchas las manos de sangre. Aparte de los soldados irakíes caídos defendiendo su país de la invasión, los artífices de la guerra han conseguido dieciocho mil muertos civiles en un año. Amén de destrozarle la vida a veinticuatro millones de personas. Añadamos a eso los doscientos muertos en Madrid, porque el frente de guerra no se queda dónde a uno le conviene, sino que el gobierno del PP ha conseguido que se extienda hasta nuestras propias casas. Y ya para rematar la faena, esa gloriosa estampa de las tropas españolas matando civiles (hombres, mujeres y niños), la mayoría desarmados. Con fusiles de asalto, a cañonazos desde los carros blindados o con la inestimable colaboración de los helicópteros artillados imperiales. Unos días antes ya habían disparado contra una manifestación de parados.

Caretas fuera: se acabó la ficción humanitaria y pacificadora. "Cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar / y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro", cantaba Mario Benedetti, "quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será". Lo cierto es que los invasores están perdiendo la guerra. Todas sus armas y todas sus mentiras no pueden con un pueblo decidido a echarlos. Un nuevo Vietnam, pero mucho más acelerado. Los soldados españoles deben ser repatriados cuanto antes, porque ya no hay otra solución que la retirada de los ocupantes. Ni con ONU (vista como títere USA), ni sin ONU.

El problema ahora es como salir de allí. Cuántos muertos más (en Irak y en España) va a costar el delirio de Las Azores. Una guerra ilegal no sólo desde el derecho internacional, sino también desde la Constitución española, cuyo artículo 63.3 ha sido vulnerado impunemente. Desde el punto de vista democrático, es inaplazable el enjuiciamiento de los responsables de la guerra y de las subsiguientes matanzas. Y no sólo ante el Tribunal de La Haya. Aznar y su gobierno deben ser procesados en España. Castigo a los culpables, o sea.

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