WEYLER:  PLAZA Y POLÍTICA EN CUBA

Por Miguel Leal Cruz*

Es lamentable que durante el pasado mes de enero, en bárbaro e incivil acto, unos canarios, presuntamente "gamberros", hayan dañado en parte la fuente de mármol de Carrara, hoy nuevamente restaurada, erigida en homenaje al general español Valeriano Weyler en la céntrica plaza santacrucera que lleva su nombre. Este militar fue Capitán General de Canarias bajo cuyo mando se construyó el Palacio de Capitanía situado junto a la citada plaza, con pocos costos por magnífica organización laboral pero con el esfuerzo de soldados, mayoritariamente canarios, que aportaban prestaciones de trabajo gratis a cambio de permisos para visitar sus pueblos y así poder ayudar a la familia en las tareas agrícolas. Posteriormente, nuestro ilustre militar, fue también el máximo responsable en la jefatura del ejército y gobierno de la Isla de Cuba por entonces colonia de España hasta fines de 1898, que se encontraba en estado de guerra contra los rebeldes, desde 1895, por la ayuda inestimable de aventureros yanquis y más tarde del propio gobierno norteamericano.

Pero, ¿conocen los tinerfeños ( y canarios en general ) alguna de las facetas de su personalidad, así como la actuación en la referida isla caribeña del general Valeriano Weyler y Nicolau, premiado con un marquesado que lleva el nombre de Tenerife concedido a propuesta de un grupo social santacrucero, no el más representativo del momento?

Que sepamos no tiene ninguna otra plaza o calle dedicada a su memoria en ninguna otra ciudad española incluida Barcelona, salvo, obviamente, en Palma de Mallorca donde nació. Tampoco, por supuesto, en Cuba o Filipinas, lugares donde prestó relevantes servicios militares.

Rememoramos cómo, durante aquella guerra cubana, a fines del siglo XIX, de nefasto recuerdo para muchos los canarios alistados que regaron con su sangre los campos de la isla antillana, el general Arsenio Martínez Campos con máximo mando del ejército español, como quiera que intuye la pérdida de la isla dimite y termina siendo sustituido en el gobierno y jefatura del ejército por otro general que también conocía Cuba, el mismo Weyler quien asume las riendas del mando supremo el 12 de febrero de 1896 en breve acto de toma de posesión en la Capitanía General de La Habana.

Con táctica netamente militar intenta cambiar, por todos los medios, el signo adverso de los acontecimientos, aplicando nuevos métodos, considerados bárbaros, contra los insurrectos y elementos no adictos a la causa española llegando a su punto culminante en el bando de reconcentración firmado, pero que tiene efecto mucho después de su toma de posesión, el 21 de octubre del mismo año, al ver clara la concomitancia entre población civil con rebeldes y piratas yanquis.

Siguiendo al periodista norteamericano Philips Foner, quien para aquellas fechas nos dice que: "... del millón seis cientos mil habitantes que aproximadamente había en Cuba cuando empezó esta guerra, unos doscientas mil eran españoles, quinientos mil negros o mulatos, unos ochocientos mil blancos cubanos o criollos mestizos y un número no determinado de chinos, jamaicanos, haitianos y otros. Los españoles, con alguna notable excepción en especial dentro del clero, se mantenían fieles a España y en contra de la revolución de los cubanos. Los negros, con excepciones puntuales, estaban unidos con entusiasmo para apoyar a los rebeldes bajo promesa de abolición de la esclavitud, y por que intuían que al final triunfaría la rebelión contra España... Esperaban que bajo el nuevo régimen tendrían condiciones muy similares a las de la vecina república de Haití... soñaban con una Cuba libre".

En cuanto a los cubanos considerados blancos, los menos, se hallaban divididos, si bien la mayoría más pobre apoyaba la revolución junto con los negros". Sin embargo, los que tenían propiedades, posición y riqueza de algún tipo, se opusieron más claramente a la revolución. Temían por el futuro de Cuba y de su "status" económico, considerando que sólo estarían a salvo bajo el dominio español a pesar de controversias y signos de tibieza producto de la discriminación llevada a cabo por la administración colonial a lo largo de los últimos años.

Todo este cúmulo de circunstancias motiva medida de aislamiento y reconcentración de la población civil rural en los poblados, sin la cual era imposible su control. Evidentemente su aplicación exhaustiva suscitó la crítica desde el mismo campo rebelde y sobre todo de la prensa yanqui-norteamericana, sesgada, parcial e interesada en el asunto.

Estas crueles órdenes, a decir del propio nieto del general, Weyler y Puga, extraídos de documentación inédita, "fueron necesario poner en práctica debido a la actuación terrorista de los insurrectos, que arrasaban los campos y sus cultivos sin importarles la subsistencia de la población civil con mayoría de ancianos, mujeres y niños, ya inmersos en la miseria de la guerra".

Esta medida despertó contra Weyler odio y sobre todo "intranquilidad" para los insurrectos que tenían más dificultades para recibir informes, abastecimiento y ayuda del interior y también del exterior, toda vez que los buques contrabandistas no tenían los puntos de apoyo a que estaban acostumbrados. Weyler fue achacado de cruel y despiadado, pero esta táctica surtió efecto en el curso de la guerra a pesar de la injusticia que representaba. El mismo general, en sus desplazamientos, conocía "in situ" el inevitable mal causado ..., dice su nieto: ..."tenía ocasión de ver a los viejos, mujeres y niños desolados ... se le encogía el alma, pero sabía que sus disposiciones eran necesarias para acortar la guerra y sus inherentes miserias. Cuántas veces, entristecido, se le oía musitar entre dientes, es lamentable, es terrible, pero es necesario(.

Al principio las zonas de confinamiento guardaban un eficaz funcionamiento en base a la sanidad, vivienda, agua y otros requerimientos necesarios, siempre que las condiciones lo permitieran. Había parcelas de terreno próximas a las áreas protegidas con el fin de que fueran cultivadas por los concentrados para su propia subsistencia. Más tarde, teniendo en cuenta que Weyler puso poco interés en que sus órdenes se cumplieran, según apunta Foner, no había suficientes facilidades para los pobres campesinos y sus familias que eran, en cada vez mayor número, conducidos a las superpobladas ciudades, donde eran eficientemente controlados.

Desde sus inicios esta medida tenía por sí que ocasionar problemas y así leemos en el artículo de "El País", periódico de Sancti Spíritus, 5 de abril de 1896, cuando comenzaba a ponerse en práctica ..."en los últimos pocos días se han sucedido a intervalos de segundos cuadros de desesperación presentados por las gentes que entra en las ciudades...La situación de esta gente va a ser siempre difícil desde todos los puntos de vista y más en este distrito militar a causa de una medida que obedece a una orden superior, que prohíbe plantar maíz y plantaina y que también atañerá al azúcar de caña, que tiene una doble utilidad, las hojas como pienso para el ganado y el tronco para fabricar azúcar... limitación que si se tiene en cuenta que el más alejado fuerte está justo a las afueras de la ciudad y que el número de gente de campo confinada en ella es grande".

Incluso la propia prensa cubana y pro-española avisaban que estas disposiciones eran demasiado imprecisas y difíciles de llevar a cabo con cierto orden, y que la tragedia de los campesinos se veía venir. Pero este aviso fue ignorado tanto por los funcionarios españoles como por las autoridades de las ciudades donde habrían de reconcentrarse estas masas. El resultado pronto se hizo evidente, por la falta de subsistencias, precaria desde antes de la llegada de estos contingentes humanos. Los más pudientes, llenos de humanidad unos, se dispusieron a auxiliar a los concentrados, pero hubo otros que los culpaban y por tanto eran merecedores de su propia suerte, ya que con la ayuda a los rebeldes habían prolongado el conflicto armado.

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WEYLER: SU MONUMENTO, PLAZA Y POLÍTICA EN CUBA (2)

La situación, para el general Weyler, se complicaba a medida que avanzaba la guerra cubana. Los sufrimientos y calamidades de la población civil reconcentrada aumentaban en la irregular forma de vida hacinados en barracones, almacenes o refugios abandonados, durmiendo a veces en patios o resquicios de puertas y accesos, sin la más ligera protección contra los elementos, especialmente grave para ancianos, mujeres y niños, que morían continuamente.

Entre mayo y junio de 1897, momento en que teóricamente el curso de la guerra en lo militar lo controlaba Weyler, Willian J. Calhoun, efectuó un estudio "in situ", en varias ciudades de la zona central de Cuba. El día 22 de junio escribió, refiriéndose a las concentraciones en las afueras de Matanzas: "...entré en las chozas, hablé con las gentes y vi pruebas de privaciones y sufrimientos que hicieron sangrar mi corazón por las pobres criaturas...Vi niños con miembros hinchados y aspecto hidrópico que se debía al hambre... Es poco práctico detenerse ante el triste cuadro. En mi opinión si la actual política continúa dará por resultado la extinción gradual, pero cierta, de estas gentes. He hablado con muchos desinteresados y sin prejuicios de diferentes partes de la isla y todos han contado la misma historia de sufrimiento y muerte por parte de los desvalidos reconcentrados..."

El ocho de noviembre de 1897, ya cesado Weyler, tras los acontecimientos de carácter político que siguen al asesinato de Cánovas del Castillo un mes antes, el director de la John F. Craig & Cía de Filadelfia, con intereses en Cuba, escribía al secretario de Estado John Sherman, en base a noticias recibidas desde la isla que... continúan las privaciones y sufrimientos de los campesinos conducidos a las grandes ciudades bajo los decretos gubernamentales...para los que se solicita socorros y alivio...Hombres, mujeres y niños hacinados por miles en corrales sin tejados y sin alimento suficiente, ropas o medicinas y en lamentables condiciones sanitarias, están muriendo en gran número diariamente..."

Reiteramos que la prensa y opinión norteamericanos eran parte interesada en estas acontecimientos, y cuyos resultados fueron la destitución de Weyler, la concesión de una autonomía, que no sirvió de nada, y por último la declaración de guerra y ocupación efectiva de la isla por fuerzas de ese país.

En el estado de guerra que se mantenía en Cuba, es obvio reconocer que las condiciones de los concentrados eran pésimas y su supervivencia dependía principalmente de ellos mismos. Poco podían esperar del gobierno o mandos españoles. La comida se suministraba irregularmente y consistía en los sobrantes de las guarniciones militares o lo que los mismos reconcentrados pudieran recopilar. Miles de personas extenuadas, enfermas y muriendo se movían como fantasmas por las calles de las ciudades y pueblos donde se hallaban, por cumplimiento de las medidas, a la búsqueda de limosnas y recogiendo migajas de españoles y extranjeros y muriendo con frecuencia en las aceras. Siguiendo a Foner, las chicas jóvenes se vendían a los soldados españoles y a los civiles por un trozo de pan, alguna medicina o ropa, por otra parte común a cualquier guerra o catástrofe. Es de suponer que los concentrados conseguirían salvoconductos que les permitieran legalmente desplazarse por las zonas agrícolas a la búsqueda de comida, organizados en brigadas, y sorteando los lugares más conflictivos de la guerra. El soborno jugaba un importante papel en el tratamiento de aquellos que dispusieran de algún "bien" considerado de utilidad, y los funcionarios españoles, oficiales de baja graduación y comerciantes del mercado negro, harían negocios abasteciendo a los reconcentrados con más solvencia, a cambio de los objetos de valor u otros servicios.

Es difícil determinar con certeza la cantidad de personas reagrupadas como consecuencia de las órdenes dictadas por Weyler. Stephen Bonsal, agudo observador norteamericano a decir de Foner y al que también alude el historiador cubano José Manuel Cabrera, nos aporta datos difícilmente cuantificables, por carecerse de fuentes fidedignas. Estimaba para diciembre de 1896 unos cuatrocientos mil cubanos no combatientes que catalogaba como reconcentrados en lugares escogidos o no con ese objetivo, pero en todo caso considerados como destino para "servir a una política de exterminación". Otras fuentes yanquis sitúan el número de concentrados entre 500 mil y 600 mil cubanos.

Igualmente son diversas las estimaciones sobre el número de fallecidos en estas concentraciones, difícil de cuantificar toda vez que no se llevaban registros de los muertos y sus causas. Carlos M Trelles y Govín, historiador cubano, afirma que por estas causas murieron " no menos de 300.000 ", incluyendo al parecer los residentes habituales de las ciudades, antes de la medida, y que no fueron reconcentrados como tales, y los que murieron " por incumplir la orden ". La mayor parte de las fuentes de la época están de acuerdo en la cifra de 50 mil desaparecidos sólo para la provincia de La Habana. El político y abogado español Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, habla de 300 mil reconcentrados agonizantes y famélicos muriendo de hambre y de miseria alrededor de las poblaciones en las que fueron reagrupados. Y el célebre político e intelectual de ideas progresistas en la contienda por el poder en España, a principios del presente siglo, José canalejas, afirmó " que aún antes de terminada la guerra cubana, entre los muertos caídos en el campo de batalla, por las enfermedades y la reconcentración decretada por Weyler, ascendían aproximadamente a la tercera parte de la población rural de Cuba". A este respecto otro historiador cubano, José Cantón Navarro, ya citado, nos apunta que la monstruosa medida, no dio los resultados que España esperaba. Si bien es cierto que aniquiló gran parte de la población civil y causó estragos entre las filas insurrectas. También obligó a miles de hombres, cubanos o vinculados a Cuba, a tomar las armas contra la metrópoli y provocando a su vez una ola de indignación contra España en muchos países del mundo. No obstante, afirma, el curso de la guerra siguió favoreciendo a las armas cubanas, cesando la reconcentración hacia marzo de 1898, ya sustituido Weyler y en pro de la política pacifista que imponen las circunstancias.

Es evidente que una política bélica seguida por nuestro general en jefe, nunca constituye una solución ideal, al menos en el momento avanzado de la guerra en la que fue dispuesta. No hizo más que exacerbar los ánimos de aquellos que combatían con el ideal de la Cuba independiente. El sufrimiento de sus familiares recluidos, reconcentrados o abandonados a su suerte, no habían hecho otra cosa que incentivar aún más el esfuerzo para expulsar a los españoles de la isla. Estos métodos expeditivos nunca han obtenido el resultado deseado y así lo hemos visto en otros momentos de la Historia: La antigua Asiria, las reservas indias en Norteamérica, los campos de exterminio nazis, o el régimen sudafricano, camboyano, etc. Esta política, netamente militar del general Weyler, haciendo uso del maquiavelismo más extremo y con una última finalidad cual era ganar la guerra a la que los políticos españoles enviaron como general en jefe, no obtuvo el resultado deseado por distintas circunstancias adversas. La suspensión de las labores agrícolas y el abandono de la vida en el campo incrementó el número de adeptos que se suman a la causa cubana, a lo que añadimos la destrucción económico de todos los factores de producción que perjudicaba a ambos bandos. La desesperación, miseria, muerte y caos que sigue es " el caldo de cultivo " esperado y deseado por la caterva de periodistas yanquis afincados en la isla que servían puntualmente la noticia, claramente interesada y partidista, a sus rotativos norteamericanos, especialmente al notable The Word, y que como agencias de noticias de la época catapultaban sesgadas observaciones al mundo más desarrollado de la época, especialmente Europa y América, produciendo el efecto que buscaban desde el inicio: " el tópico de la crueldad española en América desde la conquista cuatro siglos antes y que tan claramente tenía, a su manera, el mundo anglosajón en la versión propia de las obras del padre Fray Bartolomé de Las Casas en su denuncia "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" ". Esta presión periodística, diplomática y política sobre Weyler, a lo que se une el acontecimiento nefasto para la historia de la España contemporánea como fue el asesinato de Canovas del Castillo- cometido por el anarquista italiano Angiolillo quien días antes había contactado en Londres con agentes cubano-yanquis-, dio totalmente al traste con el deseo de éste general, encomiable desde todo de punto de vista de un militar de la época, cual fue su propósito de ganar la Guerra de Cuba prácticamente perdida cuando tomó el mando de las operaciones el 12 febrero de 1896 y en cuya misión puso el máximo empeño como militar.

Valeriano Weyler, una vez regresado de Cuba, volvió a desempeñar importantes cargos militares, actuando contundentemente en el levantamiento civil que tuvo lugar en Barcelona en 1909, la conocida Semana Trágica, contra la guerra de África, y murió en Madrid a una edad próxima al siglo de existencia, que explica la excelente salud de que siempre hizo gala, habiendo llegado por ascenso escalafonal al máximo grado de Capitán General. Escribió "Mi mando en Cuba", tratando de justificar su actuación militar en aquella Isla, al tiempo que acallar la crítica a su gestión durante su mando.

* Lic. En Historia y en Periodismo.